Alguien llamado Jesús, ¿quién es?

Jesucristo… ¿quién es? ¿Existió realmente? ¿Fue tan solo un hombre bueno? ¿Era Dios o estaba loco?

No cabe duda que son muchos y abundantes los ríos de tinta que han corrido a lo largo de los siglos y de los años, acerca de Jesús de Nazaret. Es por eso que hoy muchos se siguen preguntando: ¿quién es Jesús? ¿se trata de alguien inexplicable?

He oído decir que un antiguo diccionario comunista ruso decía que Jesús es “un personaje mitológico que nunca existió”. No creo que hoy en día algún historiador de prestigio defendiera esa postura. Hay muchas pruebas que demuestran la existencia de Jesús; no sólo las que aparecen en el Nuevo Testamento o en otros escritos cristianos, sino las que aparecen también en otras fuentes no cristianas.

Por ejemplo, historiadores romanos como Tácito, que habla de Jesús directamente, Suetonio, que lo hace indirectamente; además de otros como Plinio el Joven y Marco Cornelio Frontón. El historiador judío Flavio Josefo, que merece una mención aparte, en su conocida obra Antigüedades Judías escribió:

Por este tiempo vivió Jesús, un hombre sabio. Fue autor de obras increíbles y el maestro de todos los hombres que acogen la verdad con agrado. Atrajo a muchos judíos y también a muchos paganos. Y aunque Pilato lo condenó a morir en cruz a causa de una acusación de los hombres principales entre nosotros, sus anteriores adeptos no le fueron desleales. Y hasta el día de hoy existe el linaje de los cristianos, que se denominan así en referencia a él.

Vemos que sí hay pruebas de la existencia de Jesús fuera del Nuevo Testamento. Respecto a las fuentes cristianas se ha difundido entre los estudiosos la sospecha de parcialidad. Se cuestiona su credibilidad al ser testimonios de cristianos para cristianos; es decir, por ser obras de testigos no neutrales. Si esta sospecha está justificada, por el mismo motivo deberían sospechar de los datos biográficos de Sócrates transmitidos por sus discípulos Jenofonte y Platón, o de la veracidad de las hazañas de César narradas por él mismo, pues son informaciones que provienen de testigos parciales. Pero ningún estudioso serio ha cuestionado el valor de estas fuentes para la reconstrucción de tales sucesos históricos.

En realidad, la duda sobre la fiabilidad de las fuentes cristianas se introduce porque se considera imposible lo que narran; es decir, lo que cuestiona su credibilidad no es tanto que sus autores sean cristianos, cuanto que su contenido es marcadamente sobrenatural. Por ser un hombre del pasado, el conocimiento histórico sobre Jesús de Nazaret se adquiere a través de las fuentes; aunque no solo por medio de ellas. La pretensión cristiana consiste justamente en afirmar que Jesús resucitó después de su muerte y está vivo; por tanto, se le puede encontrar hoy.

Es cierto que las pruebas del Nuevo Testamento son muy claras. Alguien puede pensar: “el Nuevo Testamento se escribió hace mucho tiempo; ¿cómo puedo estar seguro que lo que se escribió no ha sido alterado a lo largo de los años?”. Gracias a la crítica textual, lo que se conoce como la investigación histórico-crítica, sabemos con gran precisión lo que los autores del Nuevo Testamento escribieron. Fundamentalmente se afirma que, cuanto menor sea el tiempo que haya transcurrido entre la fecha de composición del original y la fecha de la copia más antigua disponible, cuantas más copias tengamos y cuanto mayor sea su calidad, menos dudas habrá sobre el original.

Uno de los más importantes críticos textuales de las Escrituras afirmó: “Gracias a la variedad y a la totalidad de los testimonios en los que descansa, el Nuevo Testamento se destaca de manera absoluta e inalcanzable entre todos los escritos en prosa de la antigüedad” (The New Testament in the original Greek, Vol. I – New York, Macmillan Co.). Por lo tanto, gracias a la variedad de pruebas provenientes tanto del Nuevo Testamento como de otras fuentes, con rigor histórico sabemos que Jesús efectivamente existió.

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Pero, ¿quién era Jesús?

Quizá pueda sorprender la disparidad de las actuales imágenes de Jesús, pero se necesita ser consciente de la diversidad de los métodos utilizados para llegar a ellas. Hay que recordar, además, que la misma tradición evangélica canónica presenta ya cuatro imágenes de Jesús que no son iguales y testimonia la existencia de otras que los evangelistas no aceptaron o combatieron.

La imagen que predomina hoy es, más bien, la de un Jesús plenamente humano y totalmente judío. Cuatro podrían ser los rasgos más frecuentes que emergen del estado de la investigación actual: maestro de sabiduría, profeta de renovación, carismático y visionario, y taumaturgo. A partir de los años 50 comenzó a hacerse cada vez más profunda la grieta entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe.

Una presentación veraz de Jesús significa, sobre todo, confiar en los Evangelios. El Jesús de los Evangelios es el Jesús real y auténtico, el Jesús histórico en sentido propio y verdadero. Solo si ocurrió algo realmente extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su eficacia. Apenas 20 años después de la muerte de Jesús encontramos en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (cf. 2:6-11) una cristología de Jesús totalmente desarrollada, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz, y que a Él corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que Dios había anunciado por el profeta Isaías (cf. 45:23) y que solo Él merece.

La cuestión de la divinidad de Cristo ha sido un caballo de batalla en la historia del cristianismo. Por influencia del gnosticismo, aparecen ya los primeros intentos de negarla durante el período neotestamentario, y raro ha sido el siglo desde entonces en que no haya surgido un movimiento que, de una u otra manera, no haya cuestionado la plena divinidad de Cristo. Siempre ha habido grupos que han sostenido esta tesis, como los ebionitas, arrianos y socinianos. El arrianismo en la actualidad está presente en la cristología de los testigos de Jehová, evidenciando una clara influencia del gnosticismo moderno en su traducción de la Biblia (Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras) y en su doctrina, además de un manifiesto origen ocultista en la figura de su fundador Charles T. Russell.

Son numerosos los textos bíblicos que nos confirman que Jesucristo es Dios (Juan 1:1; 10:28-30; Mateo 28:17; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Tito 2:13; 1 Juan 5:20; etc.), revelando, precisamente esto, la grandeza de un Dios que nos ha buscado y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo. El que era rico (Dios), se hizo pobre a través de la Encarnación (Jesucristo), para enriquecernos a nosotros con su pobreza (2 Corintios 8:9).

Sólo existe un Nombre que está sobre todo nombre: Jesucristo (Filipenses 2:9-11), el Emmanuel, Dios con nosotros (Isaías 7:14). Para su época, Jesús era alguien que confundía y escandalizaba; por eso los judíos tenían ganas de matarlo, porque se hacía “igual a Dios” (Juan 5:18). Su muerte escandalizó y también su forma de morir, y lo sigue haciendo hoy…

“El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios […] Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.” (1 Corintios 1:18-24)

 

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