Dios en el Islam

El Padre Nuestro es la oración que Jesús nos enseñó; con ella nos mostró el secreto más íntimo de la esencia de Dios. Negar el nombre del Padre es vaciar todo el Evangelio. Dios no es un ser desconocido al que debamos servir como Amo. Podemos dirigirnos a Él con el familiar tú. Su Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. No somos esclavos sino hijos de la Nueva Alianza por gracia de Jesucristo. Sin embargo, para los musulmanes la paternidad solo es comprendida en su sentido material. Alá es el dios distante y santo que no tiene contacto personal con el hombre.

Alá no es Padre

En el Islam, los hombres tienen la categoría de esclavos creados para adorar a Alá. Su oración es ritual y sumisa, en cambio, la oración cristiana es una conversación con Dios directa del corazón, llena de peticiones, intercesiones, gracias y alabanzas, en línea directa con un Padre que nos escucha siempre. Los musulmanes, además de las oraciones prescritas, pueden gritar a Alá, pero son como una llamada a un cielo vacío. No saben si alguien les escuchará. Alá es demasiado grande para vincularse a sus adoradores. No hay contacto personal con él.

Por ello el musulmán debe cumplir sus obligaciones completamente solo, preparándose a rendir cuentas en el Día del Juicio. Su Dios es un testigo y un juez incorruptible. Todo pecado será descubierto sin misericordia. Castiga a quien quiere y salva a quien quiere; nadie sabe lo que hará con cada individuo, que se enfrenta en solitario ante él. Sin embargo, el Dios de Jesucristo desea que todos los hombres se salven y envió a su Hijo para reconciliar con Él a todos los hombres. Sabemos que Dios no se ha quedado en un creador distante, ajeno y desconocido, sino que se dio a conocer como un Padre cercano y amoroso. Dios se ha vinculado como Padre a cada persona que acepta a Cristo y cree en Él. Esta fue la revolución teológica que Jesús introdujo en la fe rígida de los judíos. Pero, tanto judíos como musulmanes, aferrados al modo de pensar humano, no pueden concebir a un Dios que se rebaje y se haga cercano al hombre porque desconocen la esencia del amor.

Alá no es Hijo

Mahoma recabó información sobre el Nuevo Testamento, aunque recibió un conocimiento tergiversado, pues nunca conoció a la Iglesia oficial sino a cristianos sectarios. Con todo, aceptó ciertas afirmaciones que armonizaban con su sistema de creencias y rechazó como erróneo o falso todo lo que no entendía o no le convenía. Declara que Jesús nació de la Virgen María. Le llamó la “Palabra de Dios” encarnada y un “espíritu de él”, pero Cristo no es engendrado por Alá sino que ha sido creado en María de la nada. Alá no es el padre de Jesús. Este es solo una persona maravillosa, un profeta acreditado por Alá. Mahoma toma partido en las disputas cristológicas rechazando la filiación divina de Jesús y, en contra del credo Niceno-constantinopolitano, afirma con rotundidad: Alá no engendra y no fue engendrado. Dios no es un padre y nunca tuvo un hijo; quien afirme esto debe ser aniquilado por Alá.

Mahoma cree en los prodigios de Jesús; afirma que liberó a sus discípulos de algunas leyes difíciles e instituyó nuevos mandamientos, pero en esto no vio un signo de su autoridad sino una señal de debilidad. Para Mahoma, Jesús fue un instrumento en manos de Alá para mostrar su grandeza, pero no comprendió la mansedumbre de Jesús, ni su amabilidad y obediencia; todo esto es ajeno al Islam. Precisamente, uno de los nombres de Alá es “orgulloso”. En la humildad de Jesús vio un signo de debilidad e incapacidad. No entiende la compasión de Dios para con el mundo, y por tanto, no puede aceptar la kénosis de Dios en Cristo.

Finalmente, niega la crucifixión de Jesús. Mahoma vivió perseguido durante su estancia en La Meca y llegó a temer que, al igual que los judíos mataron a Jesús, sus conciudadanos harían lo mismo con él. Pero confiaba en la omnipotencia de Alá y consideraba como inimaginable que el Dios sublime permitiera que su siervo perseguido pereciera. En consecuencia, rechazó y negó la vejación de la cruz y dijo: ¡Imposible! Alá es fiel. Debió salvar a su fiel Jesús y confundió a sus enemigos que creyeron que lo crucificaban cuando en realidad fue elevado vivo a Dios. El miedo hizo a Mahoma rechazar la crucifixión de Jesús; el miedo y el concepto demasiado humano de que el poderoso no se deja vencer, sino que se impone siempre ante sus enemigos. Por eso quería ocultar la cruz y la consideró como de mal gusto e imposible de admitir por parte de Alá. En el Islam no hay lugar para la cruz de Cristo y sus frutos espirituales.

Afirmó la ascensión de Jesús y su existencia a la derecha de Dios, pero rechazó la encarnación divina, condición indispensable para la muerte redentora de Cristo en la cruz, e intentó borrar la hora de la reconciliación del mundo con Dios. El rechazo de la muerte de Cristo es una consecuencia lógica del Islam. Alá no necesita un mediador o un sustituto para el hombre. Alá es soberano, perdona cuando quiere, a quien quiere y donde quiere. No necesita un Cordero expiatorio. Un mediador y redentor rebajaría la majestad de Alá. Él solo es grande. No hay lugar para el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, por lo que los musulmanes no están seguros del perdón de sus pecados. El impersonal Alá no da muestras de reconocer si perdona o no. Si se le pregunta a un musulmán si sus pecados están perdonados, responderá: si Alá quiere. El que lo quiera solo se conocerá el Día del Juicio.

Ningún musulmán tiene certeza de que sus pecados han sido perdonados. Veinticuatro veces aparece en el Corán: Alá no ama a los pecadores, solo ama a los que lo temen. Pero, ¿quién no puede ser considerado pecador? Todo lo contrario del Evangelio, por el que Cristo ha venido a buscar al perdido y perdonar al pecador. El perdón de Alá es solo posible para sus adoradores, y aún esto es incierto. No hay lugar para el amor en el Islam, sino únicamente la sumisión y la obediencia. Alá no ama ni es amado, solo impone y es obedecido, y quien se le somete puede suponer que es aceptado, pero sin seguridad de ninguna clase.

Alá no es Espíritu Santo

Dos veces es llamado Alá “santo” en el sentido de su superioridad y majestad. La palabra árabe para “espíritu” está ligada a “viento”, que es libre e inaprensible. El Espíritu Santo es considerado como un espíritu creado al nivel de ángeles y demonios, e identificado, a veces, con el ángel Gabriel. Como nadie puede saber quién es realmente Alá, no se puede afirmar de él que sea Espíritu, ni que este espíritu influya y convierta a los hombres.

La profunda piedad que se manifiesta en los seguidores del Islam nada tiene que ver con un nuevo nacimiento o santificación de la persona, mientras que según el Evangelio, quien cree en el Hijo ha nacido de nuevo y tiene vida eterna. La fe en Cristo transforma interiormente a las personas. Nada de esto ocurre en el Islam. No hay frutos del Espíritu Santo. Cierto que en ellos brillan “virtudes” como la hospitalidad y la consideración al huésped, pero esto no tiene que ver con el amor y respeto a la persona del otro, sino que sirve para edificar el honor del propio clan o para alcanzar la justificación por las obras.

El Islam controla y modela la vida entera de sus fieles, pero no renueva al individuo en su esencia y carácter. Se somete a Alá, pero el musulmán no cambia interiormente. Puede estar casado con varias mujeres. La poligamia ha sido legalizada por Alá -quizá porque Mahoma era polígamo-. El Islam es una religión cómoda para los hombres. Si hay un menor número de delitos en los países islámicos no se debe a que su carácter sea mejor, sino al miedo al castigo severo. No hay ofrenda expiatoria por el pecador, solo majestad y soberanía de Alá, que como dictador generoso recompensa a sus adoradores si le place. La conducta del musulmán no está regida por la gratitud, sino por la esperanza de la recompensa.

El Islam produce amos orgullosos y altivos; Cristo forma siervos humildes y diligentes. Mahoma en ningún momento entendió el espíritu de Jesús ni que los cristianos se declararan hijos de Dios y amados por Él. El Islam rechaza los dogmas cristianos y los mandatos del amor y del servicio. El Islam es una potencia antibíblica y anticristiana. Están inmunizados contra la salvación de Cristo. Se saben de memoria la Sura 112, recopilación de su revuelta contra Dios y su Cristo: Alá no ha engendrado ni ha sido engendrado. No tiene par. A pesar de su piedad, el Islam no es un camino de salvación. Bajo el mando de su devoción se esconde la atadura espiritual y la obsesión colectiva de los siervos de Alá.

Fuente: Revista Buena Nueva

 

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