Dios se lució

Se escucha el primer llanto, se corta el cordón umbilical, y los padres y todos los presentes —ya sea un obstetra y sus asistentes en una aséptica clínica moderna o una matrona tribal en una ancestral choza de paja— celebran con júbilo el prodigio que acaban de presenciar. El nacimiento de Jesús entrañó todo eso, pero también estuvo signado por al menos ocho milagros más.

Anunciación angélica

Para empezar, el nacimiento de Cristo se anunció aún antes de que Él fuera concebido. “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Entonces el ángel le dijo: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lucas 1:26–28.30.31). Primer milagro.

Concepción milagrosa, en dos casos

Huelga decir que uno de los milagros más destacados y conocidos es que María —su madre— era virgen en el momento en que lo concibió. La Biblia lo dice bien claramente: «María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. Respondiendo el ángel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el Santo que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:34-35).

Ese acontecimiento fue predicho 700 años antes por el profeta Isaías: “El Señor mismo os dará una señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Isaías 7:14). En todo sentido, Jesús es Hijo de Dios. Segundo milagro.

Gabriel también le anunció a María que su prima Isabel —mujer estéril que ya había superado la edad reproductiva— también daría a luz un hijo: “Tu parienta Isabel también ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:36-37). Isabel dio a luz un hijo que de grande recibió el apelativo de Juan el Bautista. Todo sucedió exactamente como dijo el ángel Gabriel (cf. Lucas 1:5–25.57–66). Tercer milagro.

Confirmación angélica

Y ¿qué hay de José, el prometido de María? ¿Qué pensó cuando descubrió que María, al regresar de su visita a Isabel, estaba embarazada de tres meses? Como era de esperar, tuvo reacciones encontradas. “José, su prometido, era un hombre bueno y no quiso avergonzarla en público; por lo tanto, decidió repudiarla en privado” (Mateo 1:19).

Quiso evitar que María fuera humillada y hasta condenada a muerte, pues así se castigaba el adulterio en la ley judía (cf. Deuteronomio 22:13-14.21). Al mismo tiempo cabe imaginarse el dolor que debió de sentir al pensar que su prometida llevaba en su vientre el hijo de otro hombre.

En ese momento Dios envió también un ángel a José, no solo para tranquilizarlo y reconfortarlo, sino también, indudablemente, para aclararle la situación. “Se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa. Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús” (Mateo 1:20-21.24-25). Cuarto milagro.

Lugar de nacimiento

Nacer en Belén constituyó igualmente un cumplimiento milagroso de una profecía del Antiguo Testamento, puesto que sus padres vivían en Nazaret, a varios días de viaje de Belén. “Tú, Belén Efrata, tan pequeña entre las familias de Judá, de ti ha de salir el que será Señor en Israel” (Miqueas 5:2).

El emperador romano César Augusto había decretado que se llevara a cabo un censo en todo el imperio. La tradición judía exigía que para todo empadronamiento cada hombre regresara a la ciudad que consideraba su hogar ancestral. En el caso de José —descendiente directo del rey David—, ello implicaba regresar a Belén con su esposa embarazada, la cual dio a luz poco después de llegar allí. Quinto milagro.

Aparición de ángeles

Unos pastores que apacentaban sus ovejas en los montes aledaños a Belén recibieron la visita de un ángel, que les dijo: “No temáis; porque he aquí yo os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:10–14).

Los pastores dejaron sus rebaños y se dirigieron a Belén, donde encontraron al Mesías tal como el ángel les había dicho. “Después de verlo, los pastores contaron a todos lo que había sucedido y lo que el ángel les había dicho acerca del niño” (Lucas 2:17). Eso significa que desde el primer día hubo personas que atestiguaron que el Mesías al fin había llegado. Sexto milagro.

Señal en los cielos

Unos sabios —según la tradición fueron tres, pero la Biblia no especifica cuántos— de Oriente —la Escritura no dice de qué región de Oriente, pero posiblemente vinieron de Arabia, Persia, Babilonia o hasta de la lejana India— observaron un fenómeno inusual en el cielo, que interpretaron como señal del nacimiento del “Rey de los judíos”, y salieron en su busca para adorarlo.

En aquellos días los viajes eran lentos y dificultosos. A juzgar por otros pasajes, se cree que entre los preparativos y el viaje les tomó cerca de dos años llegar a Judea para entregar a Jesús sus obsequios. “La estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mateo 2:9–11). Séptimo milagro.

Con mucho, el mayor de todos

No obstante, el milagro supremo nada tuvo que ver con ángeles, sabios ni señales en el cielo. Fue el hecho de que el unigénito Hijo de Dios se encarnó en un bebito débil e indefenso con el fin de amarnos y comprendernos como nadie mediante todo lo que sufrió y experimentó, y a la postre morir por nosotros. “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo” (1 Juan 5:11).

Fuente: S. Keating