El bálsamo del amor

Hace algunos años, en la medianoche del 17 de marzo —día de San Patricio— recibí una llamada de las Bermudas, del compañero de cuarto de mi hijo de 27 años. Mi hijo estaba desaparecido y habían encontrado su ropa en una playa cercana.

Mi primera reacción fue postrarme de rodillas y clamar a Dios en oración. Cuando lo hice, tuve una visión de mi hijo entrando al Cielo, donde lo recibían con alegría mis padres y otros seres queridos que ya habían fallecido. En ese mismo instante supe que no lo encontrarían vivo. Y así fue. Al cabo de cinco días su cuerpo inerte apareció en la playa.

¿Qué me sostuvo en aquellos días difíciles? ¿Cuál fue el bálsamo sanador? Naturalmente, mi relación con Dios constituyó mi mayor fuente de consuelo. No obstante, otro factor clave que intervino de forma física y tangible en mi sanación fue el amor y el apoyo que recibí de otras personas.

El día que llegué a las Bermudas, mientras hacía unas consultas en una tienda, le mencioné a la chica que trabajaba allí que yo era el padre del muchacho que se había ahogado poco antes.

—Lo siento mucho —me dijo cariñosamente dándome un abrazo. En muchas otras ocasiones recibí palabras y gestos de aliento de gente desconocida.

Dios promete confortarnos en nuestros momentos de tribulación. Jesús dijo que nos enviaría al Consolador, al Espíritu Santo. Él desea que recibamos consuelo. Pero si nos encerramos en nuestras penas y aflicciones, si nos guardamos el dolor, no podemos recibir el amor y el apoyo que necesitamos, y nuestro proceso de sanación se prolonga. Quizá ni termine nunca.

No ocultes tus sentimientos. No sufras en silencio. Expresa tu dolor para que quienes te rodean puedan ayudarte a aliviarlo. Dios ha dispuesto que sea así para que estrechemos los lazos entre nosotros y para que seamos el uno para el otro Sus brazos, Sus manos, Sus labios y Sus oídos.

Recibir cariño y apoyo en nuestra hora de necesidad nos permite luego hacer lo propio con otras almas angustiadas o dolientes con quienes nos encontramos. “Dios es nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo. Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros” (2 Corintios 1:3-4).

 Dennis Edwards

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