El gozo de la Pascua

Aunque para la gran mayoría la Semana Santa es un tiempo de vacaciones y de ocio, para mi esposa y para mí siempre es un momento privilegiado de encuentro con el Señor. Por eso, siempre que podemos buscamos apartar estos días para la ocasión.

Este año hemos tenido la oportunidad y la dicha de vivir este espacio de tiempo en silencio y en comunidad; resulta paradójico y parece contradictorio, pero ha sido todo lo contrario. Convivir en un clima de oración y silencio ha tenido como resultado una atmósfera de comunión espiritual que difícilmente se consigue por otros medios. Además, una serie de pequeñas reflexiones sirvieron como herramienta para adentrarse y profundizar en el misterio de amor más grande de todos los tiempos: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

“Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.” (Oseas 2:16)

Con estas palabras comenzábamos la noche del miércoles santo; toda una declaración de intenciones por parte del Señor. Aunque fuera por unos pocos días, Él quería apartarnos de tanto ruido como hay en nuestra vida y a nuestro alrededor, para poder hablarnos en la intimidad del corazón y revelarnos de esta manera su gran amor.

Siempre es bueno y saludable que nos preguntemos: ¿cómo es o cómo está mi corazón en este momento? Quizás puedas verte reflejado en alguno de estos casos:

  • corazón cerrado, lleno de desconfianza y superficialidad, causado por heridas afectivas
  • corazón reloj o agenda, que busca controlar y asegurar todo por orgullo
  • corazón espinoso, con agresividad porque no está a gusto consigo mismo
  • corazón de alta velocidad, con hiperactividad e incapacidad de escuchar, causado por un vacío afectivo
  • corazón víctima, lleno de quejas y que busca atraer la atención “a cualquier precio”, debido al narcisismo y egocentrismo
  • corazón de piedra, con rencores y resentimientos que lo hacen “duro” en el trato con los demás, causado por la soberbia y las faltas de perdón

“Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo.” (Ezequiel 36:26a)

El viaje más largo que podemos hacer en la vida no es dar la vuelta al mundo, sino bajar de la mente al corazón la gran verdad que está encerrada en la Semana Santa: la locura del amor de Dios por toda la humanidad (cf. Juan 3:16). Cuando profundizamos en este amor, somos capaces de lo más difícil para la gran mayoría de las personas: dejarse amar. Solo entonces es cuando podemos descubrir que el mejor Cirujano de todos los tiempos nos ha hecho el mejor de los trasplantes:

“Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.” (Ezequiel 36:26b)

Con un corazón nuevo y renovado a imagen y semejanza del Corazón de Dios, viviremos a cabalidad el Mandamiento del Amor que transforma nuestra vida. El primer mandamiento no es amar, sino dejarse amar. Cuando descubres que eres hij@ amad@ del Padre (Mateo 3:17), en consecuencia amarás a Dios y al prójimo, y todo en la vida te hablará de amor auténtico y veraz (Deuteronomio 6:4-9; Mateo 22:36-40).

La vida de Jesús tuvo como principio y fundamento el amor; no un amor cualquiera, sino el AMOR que es capaz de restaurar y cambiar el rumbo de nuestra vida y de toda la sociedad. Por eso, el rasgo distintivo que forma parte de sus discípulos es ese mismo amor (Juan 13:34-35); no se trata de una copia de su amor, sino de una prolongación de su gran amor que se expresa en el gozo de la Pascua.

En el momento de la Última Cena y la institución de la Eucaristía, que se celebra el Jueves Santo, Jesús nos estaba dando ejemplo de entrega y humildad hasta el extremo en el gesto de lavar los pies a sus discípulos. Se trataba de algo que solo hacían los esclavos paganos, pero el hecho de inclinarse a lavar los pies era ya un anticipo de su entrega total y absoluta en la cruz.

El Via Crucis que recorrió Jesús nos enseña que la compasión y la santidad no consiste en sufrir, sino en amar hasta el final. Él pudo haberse bajado de la cruz, como le pedían a gritos para ver y creer (Marcos 15:32); sin embargo, no lo hizo. Fue por ti y por mí que no se bajó de aquella cruz. Hemos descubierto que el último grito de Jesús en la cruz (Marcos 15:37) fue un grito de victoria que nos decía: ¡TE AMO!

“Me amó y se entregó por mí.” (Gálatas 2:20)

Resulta muy esperanzador comprobar que en el momento de la entrega total de Jesús, es cuando nos entrega a su Madre en la persona del discípulo amado (Juan 19:27). Todos necesitamos una madre, y en María vemos la imagen de la Iglesia que nos acoge como hijos en el Hijo. Si la cruz te pesa para caminar, ¡ahí tienes a tu Madre! Si no hay alegría en tu corazón, ¡ahí tienes a tu Madre!

Ante el aparente fracaso de la muerte de Jesús en la cruz, el triunfo de la vida sobre la muerte que es la resurrección, manifiesta la victoria del amor. No solo está vivo, sino que vive en nosotros. Cristo vivo desea entrar en cada corazón que está dispuesto a acogerlo. Ahora podemos formar parte de la nueva creación de Dios y así transformarnos en criaturas nuevas (2 Corintios 5:17). Él lo hizo posible y esta es la razón por la que vivimos el gozo de la Pascua que no termina nunca y que no podemos dejar de anunciar y proclamar.

Icíar y Onofre

 

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