El sentido del sufrimiento

Conscientemente he pronunciado la palabra clave, “insufrible”. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que el sufrimiento es incompatible con la felicidad, lo que querría decir que la vida en el fondo es una maldición, porque el sufrimiento acecha permanentemente en cada esquina de la existencia. Tarde o temprano, por muy bien que nos fueran las cosas —y a millones de personas no les va nada bien— irrumpirá la enfermedad, la vejez y la muerte.

El libro de Job plantea algo que a todos nos inquieta, el sentido del sufrimiento, y no ya del sufrimiento que es fruto de nuestra maldad, que podemos entender porque nos lo ganamos a pulso, sino del que llega gratuitamente y que pone en tela de juicio el sentido de la existencia. Todo sufrimiento se rechaza porque atenta contra nuestras ansias de felicidad, pero cuando no guarda relación con causalidad alguna, escandaliza. Y más aún si es aleatorio. Si, como observamos muchas veces, parece irle mejor al hombre depravado que al honesto. Esto nos produce una enorme turbación. No es extraña la reacción de la mujer de Job cuando, al ver hundirse sin motivo aparente el escenario en que vivía su familia, exclama: ¡No hay Dios!

Valor purificador y educativo

Sí, el sufrimiento es un escándalo cuando se ceba sobre el justo, porque queda sin causa. El libro de Job plantea eso exactamente, porque Job es el prototipo del hombre justo, hasta el punto que el mismo Dios dirá de él a Satán: “No hay nadie en la tierra como él; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal” (Job 1,8b). No es comprensible la desgracia en un justo, en todo caso, en un pecador. Planteada la situación en su existencia, el mismo Job entabla un proceso contra Dios en el que hace partícipes a sus amigos.

En el debate que se establece en el proceso, los amigos de Job piensan que la causa de todo sufrimiento siempre es la maldad que se esconde en el corazón del hombre, aunque no se sea consciente de ello. Su pensamiento es que detrás de toda desgracia siempre hay un pecado. Si Job no lo ve es porque está ciego a su maldad; lo vea o no, es culpable y punto, y su salida es aceptarlo todo con total sumisión a Dios, sin preguntarse nada.

Pero este aparente pensar bien de Dios deja en el aire una imagen terrible de Él, la de un ser que actúa caprichosamente y que juega con el hombre, que lo anula hasta el punto de castrar todas sus capacidades, sin dejarle otra salida que la de bajar la cabeza sin poder plantearse pregunta alguna. No parece ser este el Dios de la Escritura que siempre nos deja libres. No es este el Dios del amor sino más bien el fruto de nuestros temores.

En el diálogo con los amigos, se va profundizando paulatinamente en el sentido del sufrimiento. Se comienza descubriendo su valor purificador (como el fuego purifica la materia), su valor educativo (como un padre corrige a sus hijos aunque a estos no les guste), pero nada de esto consigue anular el escándalo que produce la irrupción de una situación tan dramática como la que experimenta Job de la que nadie está libre.

De la noche a la mañana, Job pierde sus bienes, su hacienda, su familia y hasta su salud, llevándole a exclamar: “Maldito el día en que nací… lo que más me podría aterrar, me sucede” (Job 3 3.25). ¡Terrible! Esta situación le hace a Job tocar el infierno, porque el sinsentido mata, dirá: “Al acostarme pienso ¿cuándo llegará el día? Y al levantarme, pienso ¿cuándo se hará de noche?” (Job 7,4). “Mi vida es solo un soplo, pronto seré invisible a cualquier mirada, te fijarás en mí pero no estaré” (Job 7,7-8).

Un sufrimiento así paraliza, pero es lo único que consigue adentrarnos en el misterio, desvelarnos que la verdad última no está en nosotros. Se pregunta Job: “¿De dónde sale la Sabiduría? El hombre lo desconoce, no se encuentra en la tierra de los vivos. No está en el abismo ni en el mar, no se puede adquirir con oro puro” (Job 28,12-15). “Solo Dios ha encontrado su camino, solo Él conoce su morada” (Job 28,23). “La valoró, la penetró y la escrutó, y luego dijo al hombre: El temor del Señor es sabiduría, apartarse del mal inteligencia” (Job 28, 27-28). La Revelación abre caminos insospechados al ser humano, es una instancia que trasciende nuestros límites, que nos pone frente a una Verdad velada a los sentidos, que calma el corazón del hombre que atraviesa momentos dolorosos y le permite esperar en Él.

Valor redentor y de intercesión

Y yendo aún más lejos, el sufrimiento del justo expresa en la Revelación un designio divino. Dios prueba a los hombres que van a manifestarle: Abraham, Job, Tobías, José, Jeremías y tantos otros han de ser probados seriamente antes de ser enviados a una misión o durante ella. En ellos se observa que el sufrimiento tiene un valor redentor, de intercesión, y este valor apunta directamente a Jesucristo, el Siervo de Yahveh. Ahí radica el centro del misterio en el que nos introduce el sufrimiento del justo. El Inocente carga con la culpa del impío para tomar sobre él sus faltas. Así ha actuado Dios mismo el primero y a esa imagen quiere asociarnos.

Aquí aparece el fondo del enigma, el Plan de Dios que se nos brinda frente a la visión particular que siempre es miope e interesada. El Siervo de Yahveh no es la personificación de un camino hacia la nada, sino la noche oscura de los sentidos, la noche oscura del alma por la que pasan todos los santos para su identificación con el Santo de Dios. Este es el punto cero para encarnar la Buena Noticia que nos lanza a la vida nueva: “El que está en Cristo es una nueva creación, pasó lo viejo, todo es nuevo”.

El sufrimiento del justo no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin, la vida nueva en Cristo, que es con mucho lo mejor. Hemos nacido para ese encuentro y sin Él, la vida se desdibuja aunque se esté rodeado de salud y prosperidad, porque nada de esto justifica la existencia. Sufrimos cuando las cosas suceden de manera diferente a como las habíamos programado, pero en el Plan de Dios, todo lo que ahora nos oprime, al final no será tan importante o tendrá un significado enteramente diferente del que ahora podemos conocer. Lo que no estaba en nuestro plan, estaba en el plan de Dios, en su Voluntad, que va mucho más lejos que la nuestra si sabemos esperar en Él.

En ese sentido, emociona ver el final de la historia, el momento en que Job entiende en medio de aquella maraña de argumentos, una voz distinta, la voz de Dios en quien Job puede descansar: “Me doy cuenta de que todo lo puedes, solo te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,2-5).

Job es una Palabra revelada para nosotros, para desvelarnos la auténtica belleza de la vida, que no necesita ser recortada ni en los aspectos más hirientes, porque todo lo que Dios dispone está bien. Nos acerca a una experiencia transferible a cualquier ser humano, es un paradigma para nuestra propia vida, aunque nosotros no seamos tan justos, ni la prueba tan radical.

Fuente: Revista Buena Nueva

 

 

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