¿Enganchados o conectados?

Me siento realmente viejo, con todo el respeto a los más adultos, al pensar que yo llegué a vivir sin internet. Mis primos pequeños no son capaces de comprender cómo podía seguir latiendo mi corazón con ese Nokia enorme e indestructible que ‘solo’ podía hacer llamadas. Y por supuesto, el protagonista de actualidad que viene de la mano de estas tecnologías; el estandarte, la bandera, el Ronaldo, el Messi, el Lebron, la Merkel… las Redes Sociales.

Para bien o para mal, son en la actualidad parte activa de nuestras vidas. Se han hecho parte de nuestro día a día. Convivimos con ellas en constante simbiosis. Ya no se trata de internet, de los sms, del programa que te gusta o de cualquier otra cosa, ya no se trata de la pantalla en sí, si no del Facebook, del Twitter, del Instagram, del Whatsapp, del Tumb-nosequé y del Pinte-loquesea… y de muchas otras más, de las cuales mi conocimiento no supera el que tengo de la teoría de cuerdas del famosísimo ‘doctor Cooper’. La gran mayoría de las personas con acceso a Internet, utiliza este tipo de aplicaciones desde que se levanta hasta que se acuesta. Y lo que en un principio era cosa de jóvenes ha dejado de ser así. Como a mi madre le entre un ‘guasap’, ya puede estar enfriándose la tortilla que con tanto esmero ha preparado mi padre o podemos estar media familia calzados en la puerta esperando para irnos a misa, que mi madre no aparece.

Y, por supuesto, todos estos ‘chismes’ se han inventado para algo. Tienen su parte positiva (menos mal). El tiempo y el espacio en nuestros días, aunque Albert se revuelva en su tumba, es especialmente relativo. Puedes estar en Alaska o donde Efemérides dio las tres voces que a mí me llega esa foto tan extremadamente graciosa que te ha llegado por otro lado. Y la larga lista de emoticonos que tanto le gusta poner a mi abuela, puede entrar en mi móvil también a las tres de la mañana, creando situaciones de lo más curiosas y variopintas. Las comunicaciones personales están a otro nivel. Con las redes sociales se han derribado barreras de comunicación y se ha logrado acercar a las personas. Por poder, puedes hasta ponerte a cenar con tu novia, a la que echas muchísimo de menos en su larguísimo Erasmus, a través de Skype. Y te enciendes una velita y tal y cual, y que rico te ha quedado todo amor, y sonrisita por aquí, y se acaba de quedar pillada la pantalla en un momento bastante inoportuno… y todo muy romántico. Mañana mismo si llueve, nieva, o a Mariano le ha salido un grano en la frente; lo sé antes de levantarme de la cama.

Podemos comunicarnos con el mundo entero sin límite, sin horario, y tenemos una barbaridad de información al alcance de un solo ‘click’. Pero ahora viene la cara opuesta de la luna: la oscura. Ha quedado claro que las redes sociales han acercado a las personas, pero… ¿las han acercado de verdad? Hoy, sobre todo los jóvenes, viven en una realidad paralela. Las redes sociales han creado un enorme mundo, en el que cada uno puede ser el que quiera ser. Porque cada cual será la foto que comparta, el video que suba y el texto que quiera poner en su muro. Será la cantidad de ‘tuits’ que ponga al día y el filtro que ponga o no ponga en ‘el Insta’. Las barreras que mencionaba antes han caído, y de sus ruinas se han construido muros mucho más altos.

No quiero entrar en lo de siempre, en la crítica fácil de mi abuelo diciéndome: “Hijo, de verdad, estás enganchado” con vocecita de película, no. Al margen de que muchas personas son verdaderas esclavas de las redes sociales, hay algo aún peor: Internet se ha adueñado de nuestras vidas. Ya parece que no eres nadie, no existes, si no tienes Facebook. La gente se ha olvidado de la vida real y ha sucumbido a la realidad virtual, aquella que puedes seleccionar, editar y compartir de la manera que más te guste. De esa forma uno se olvida de los problemas, de sus defectos, de los errores que comete… porque simplemente los elimina de su tablón. Y sin darnos cuenta, Internet consigue con esto eliminar además los sentimientos, las emociones, lo profundo y todo lo que de verdad importa del mensaje. Hay gente que se pierde ese precioso atardecer, porque tiene que hacer la dichosa foto. Y retira la mirada de esa preciosa estampa, de ese magnífico paisaje, que adorna de esa manera tan perfecta el cabello y los ojos de su novia, para escribir una frase muy filosófica que se le ha ocurrido en ese instante, y que no puede dejar escapar. Y se le escapa lo realmente bonito.

Pero lo peor de todo, si no ha sido suficiente, no es solo que roben una vida, si no que dan a cambio otra diferente. La que ellos quieren. Las redes sociales son el instrumento perfecto para manipular masas e insertar modos de vida en la sociedad. Sin que nos demos cuenta, solo les hace falta un par de patrones, ponerlos de moda, y ya está. Todo el mundo, como borregos. Hace poco, tras los terribles sucesos en París, facebook le dijo al mundo que fuese solidario y se pusiese una bandera en el perfil, y el mundo así lo hizo. Y no me quedo en el hecho de que la gente se uniera en defensa de las víctimas, eso es precioso. Me centro en lo pueril de esa acción, en la falta de todo, en lo banal y superficial que es que todo el mundo se ponga simplemente una bandera, porque el ‘jefe’ Facebook lo ha dicho, y yo, como un tonto, me creo muy buena persona. Con todo lo que puede significar una bandera, con lo bonito que es la solidaridad, qué poco profunda fue aquella conducta.

Y así es todo, así es todo lo que quieren que hagamos. Conductas sin sentido y sin tener que pensar mucho porque provienen de la gran mente pensante de Internet; en masa, sin fundamento, sin sentimientos ni emociones… sin Dios. Todo quiere ser superfluo, que nos olvidemos de la realidad para poder controlar el rebaño, que no pensemos y que solo ‘compartamos’. Irónico ¿no? Porque en realidad, hemos dejado de compartir de verdad. Hemos dejado de comunicarnos de verdad. Con lo bonito que era simplemente admirar esa preciosa catedral, que contra viento y marea sigue ahí, en pie; tomarse una caña en el ‘chiringo’ de la playa disfrutando de la brisa del mar, sin tener que mandar una foto de tus piernas bronceadas; subir a la montaña y respirar aire puro aunque no haya cobertura; hablar con las personas en el bar y mirarlas a los ojos; pasar el control parental al llamar a casa de tu novia, decirle te quiero, con sinceridad, cara a cara… Con lo bonita que es la vida, con sus defectillos, con sus sufrimiento, con sus amaneceres, con sus cielos estrellados, con sus monumentos, con sus conversaciones infinitas, con sus miradas, con sus sentimientos, con sus emociones… con Dios.

Con Dios. La parte positiva. La de verdad. Porque a pesar de todo esto tan deprimente, Dios, como de absolutamente todo lo demás, puede sacar algo bueno. Teniendo en cuenta todo lo anterior, nosotros los cristianos, podemos darle la vuelta a la tortilla. Meter el dedo índice en el cañón de la pistola para que la bala salga por la culata. También nosotros podemos utilizar este arma para nuestro beneficio, o más bien, para el beneficio de todos. Al fin y al cabo, las redes sociales son un instrumento más que Dios nos ha regalado, Él no tiene la culpa de cómo ha utilizado el ser humano, por ejemplo, la energía nuclear. Así que, ya que ha puesto en nuestro camino tantas facilidades para llegar a los demás, ¿por qué no trasladar el apostolado también a este mundo? ¿Por qué no llenar de amor y de sentido esa vida digital plana y sin profundidad? Es un precioso reto que nos plantea Dios y ¿por qué no? Motiva. No hay más que ver a su representante, que ahí está ‘on fire’ con su cuenta de Twitter. Así que, para cambiar el mundo, ‘el Jefe’ nos ha dado también las redes sociales. Pues, hala, a cambiarlas. Que no se diga.

Fuente: Javier González García (BN)

 

 

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