Eterna novedad

He escuchado muchas veces hablar de “la eterna novedad de la Palabra de Dios” y pensaba que lo tenía claro, que la Palabra de Dios siempre es nueva, que siempre te dice nuevas cosas. Pero veo que muchas veces me sigo acercando a su Palabra y me quedo en lo que dice literalmente.

En alguna ocasión, como dejando que la Palabra me interpele, me he preguntado con quién me identifico, para ver si me dice algo nuevo, para ver si “siento” algo nuevo. Pero, afortunadamente, a pesar de nuestros pobres esquemas, a pesar de nosotros mismos, Dios siempre nos sorprende.

Cuando leo la parábola del Buen Samaritano y veo sus personajes, me pregunto con quién me identifico. A veces me siento como quien está apaleado en el camino y otros pasan a mi lado, pero sus propios quehaceres no les dejan verme de verdad, no les permiten darse cuenta que les necesito. Otras veces soy yo quien pasa cerca de alguien que tiene necesidad pero doy un rodeo y no me paro. Otras veces me acerco y ayudo, desde lo que tengo, con mis propias fuerzas.

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva.” (Lucas 10:30-35)

En esta parábola, que Jesús nos propone como respuesta a la pregunta de ¿quién es mi prójimo?, vemos que el samaritano al ver al hombre herido, se compadeció, se acercó y vendó sus heridas, le curó con aceite y vino, le montó en su propia cabalgadura y le condujo a una posada. Hace unos días descubrí lo que para mí ha sido la “novedad”. He descubierto que la posada donde todo está preparado y bien dispuesto para acoger al necesitado es la Iglesia, su Iglesia; descubro que el aceite y el vino con los que sana las heridas, es el aceite de los sacramentos y el vino de la Eucaristía; y descubro cada día que es el mismo Señor quien me lleva entre sus brazos.

Porque como dice el papa Francisco: “No es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos que la vida con Él se vuelve mucha más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos” (Evangelii gaudium, 266).

Debemos ser una Iglesia “en salida”, debemos salir de nosotros mismos, de nuestros propios planes y proyectos, debemos salir a buscar al que está fuera, donde le han apaleado y robado sus ilusiones y esperanzas, y llevarle a la posada, a la Iglesia que debe tener sus puertas siempre abiertas, a ese hospital de campaña donde se sanan las heridas y se ofrece una nueva vida, una vida que es para siempre.

Lo más importante que podemos encontrar en la Iglesia es la medicina que cura a todos cuantos se acercan a este hospital, en el que todas las personas son bienvenidas y recibidas con calor de hogar. ¡Bienvenid@s!

Icíar Santiago

 

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