Familia unida, familia feliz

Vivimos tiempos difíciles para el matrimonio y la familia, pero muchos hoy se preguntan: ¿es posible tener una familia unida y feliz?

Aunque sabemos que no es tarea fácil ni exenta de trabajo y esfuerzo, disponemos de medios y principios bíblicos que nos ayudarán a conseguirlo. Muchas familias ya lo están logrando y son un testimonio vivo de que no se trata de teoría ni de palabras bonitas únicamente.

Necesitamos saber que el matrimonio tiene su origen en Dios y en su plan de amor para el hombre y la mujer (Génesis 2:22-24). Este proyecto en común para la pareja alcanzó su plenitud y su sentido pleno en Jesucristo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mateo 19:5-6).

Esto significa que el matrimonio se convierte en un signo del amor de Dios; es decir, en Dios adquiere sentido pleno porque solo en Él se puede dar esa unidad tan necesaria para que la familia sea fuente de felicidad y gozo. Cuando un hombre y una mujer se casan, pueden llegar a pensar que todo va a ser perfecto; sin embargo, hasta las parejas que más se aman tendrán dificultades (1 Corintios 7:28).

Cuando vivimos de acuerdo a estos principios (Salmos 19:8-11) y entendemos correctamente el propósito de Dios para el matrimonio, descubrimos que es posible e incluso lo más habitual alcanzar la felicidad en la familia.

“Después de casi 17 años de matrimonio con mi marido he descubierto que no se trata de una tarea sencilla, pero en el proyecto que Dios tiene para el matrimonio y para nosotros es donde encuentro la inspiración y la alegría de poder recorrer juntos este camino.” (Icíar)

Un aspecto muy importante del matrimonio que no se puede olvidar es que se trata de un equipo, “una sola carne” (Mateo 19:5). Es verdad que seguirán siendo dos personas con diferencias de opinión, pero precisamente por eso es que resulta tan importante aprender a estar unidos “con un mismo amor y un mismo sentir” (Filipenses 2:2). La unidad es imprescindible cuando se toman decisiones, por eso es que el amor auténtico siempre lleva consigo la humildad y la capacidad de someter los propios planes al consejo de otros (Proverbios 20:18).

En todo caso, siempre debemos evitar encerrarnos en nuestros intereses y buscar el interés del otro (Filipenses 2:4), tratar bien a nuestro cónyuge (Efesios 5:28-30) y cuidar nuestras palabras para expresarnos con amor y respeto (Colosenses 4:6; Proverbios 12:18). Aquí tenemos algunos textos bíblicos más que nos ayudarán a crecer como un equipo: Efesios 5:21-33; 1 Pedro 3:1-7; 1 Corintios 7:3-5.

En la convivencia de cada día debemos aprender a vivir nuestro compromiso matrimonial en todas las circunstancias de la vida (dificultades, parientes, hijos, etc.), sabiendo que la confianza y la lealtad son ingredientes fundamentales que garantizan la estabilidad y la felicidad familiar. Debemos cuidar nuestro matrimonio (Hebreos 13:4) y proteger nuestro corazón (Mateo 5:28) de los peligros que acechan hoy a la vida familiar y matrimonial (pornografía, infidelidad, adulterio, etc.).

La crisis en el matrimonio está originada en la mayoría de los casos por una comunicación defectuosa; la crisis en sí misma supone una ruptura de la comunicación. Para corregir esto, necesitamos aprender a escuchar y ser comprensivo con el otro, apartando un tiempo de calidad semanal para ejercitar el arte de la buena comunicación (acerca de una buena comunicación en el matrimonio).

Los cónyuges deben cultivar y fortalecer su amistad personal con Dios, el Autor de la vida y de la familia. Servir al Señor y dedicar tiempo a la oración en familia (Josué 24:15), debe ser también parte importante y prioritaria en la agenda de todo hogar que desee descubrir las bendiciones de Aquel que cuida de nosotros con amor paternal.

Incluir a Dios en nuestra relación de pareja hará que nuestro matrimonio sea más fuerte y sólido (Eclesiastés 4:12; Isaías 48:17), consiguiendo de esta manera tener familias invencibles y felices (Deuteronomio 12:7).

 

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