¡Feliz matrimonio!

Si hay algo que me produce tristeza al final del verano es escuchar que, ese momento, es la época del año en la que más parejas se separan.

Cuando me casé, me regalaron una tarjeta con unas “reglas para un matrimonio feliz” y quiero compartirlas porque a mí me han ayudado muchas veces. Os animo a leerlas con atención y a descubrir cuáles son vuestros puntos débiles para que podáis tenerlos en cuenta y para que cada uno pueda ver en qué debe tener un cuidado especial.

1.      No estéis los dos enfadados al mismo tiempo.

2.      Nunca os gritéis el uno al otro, a menos que la casa esté en llamas.

3.      Si uno de los dos quiere ganar una discusión, deja que sea tu cónyuge.

4.      Si tienes que criticar, hazlo con amor.

5.      Nunca os recordéis errores del pasado.

6.      Estad siempre disponibles el uno hacia el otro.

7.      Nunca os retiréis a dormir con un desacuerdo sin resolver.

8.      Por lo menos una vez cada día trata de decirle algo bondadoso o un cumplido agradable a tu cónyuge.

9.      Cuando hayas hecho algo equivocado, estate preparado para admitirlo y para pedir perdón.

10.   Se necesitan dos para formar una disputa, y el que está equivocado es el que más habla.

Ojalá que la noticia al final de este verano, que ahora comienza, sea el gran número de personas que ha descubierto el regalo de un matrimonio feliz. Fijaros lo que decía Tertuliano:

¿Dónde voy a encontrar la fuerza para describir de manera satisfactoria la felicidad de un matrimonio? ¡Qué pareja aquella en la que dos son cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos son hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son ciertamente dos en una sola carne. Allí donde la carne es una, uno también es el espíritu. Juntos oran, juntos se postran; se instruyen mutuamente, se exhortan mutuamente, se dan ánimos mutuamente.

Uno y otro están en igualdad en la Iglesia de Dios, en igualdad en el banquete de Dios, en las pruebas, las persecuciones, los consuelos. Entre ellos no existe ningún secreto, ningún motivo de pena. Con toda libertad visitan a los enfermos, asisten a los indigentes. Para la limosna, ninguna tacañería; para el sacrificio, ningún contratiempo; para la observancia de los deberes cotidianos no hay trabas, ningún signo de cruz furtivo, saludo inquieto o bendición muda. Entre ambos resuenan salmos e himnos. Cristo se alegra de esta vista en este concierto. Les envía su paz. Allí donde dos están reunidos, Él también está presente. Allí donde Él está presente, el Malvado no tiene lugar.

Con mis mejores deseos… ¡Feliz verano! ¡Feliz matrimonio!

Icíar Santiago

 

 

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