Fuerza en la debilidad

Muchos jóvenes y no tan jóvenes saben lo que es crecer con heridas que duelen y también conocen de cerca lo que supone la fragilidad humana.

“¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?”, pregunta el profeta Isaías en la Biblia. ¿De qué está hablando? “El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan” (Isaías 40:28-31).

Esta es la promesa fundamental: Dios fortalece al cansado y es fuerza en medio de la debilidad para todo aquel que se atreve a confiarle su vida. ¿Quién no necesita, en muchos momentos y circunstancias, fuerzas renovadas y alas para volar más ligero a pesar de las dificultades que hay en el camino?

“Por eso vivo contento en medio de las debilidades… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10)

Resulta interesante que el apóstol Pablo escribiera estas palabras a los griegos, una sociedad que exaltaba el intelecto, la belleza y la destreza física —el hombre y sus logros— y tenía a los débiles por inútiles. Lo que los griegos no entendían es que Dios suele obrar de forma contraria a la lógica y las expectativas naturales de los hombres (cf. Isaías 55:8-9). Lo que los griegos consideraban debilidad, Dios lo denomina fortaleza.

Los “gigantes espirituales” de todos los tiempos fueron personas débiles que alcanzaron la grandeza gracias al poder de Dios. Moisés era tan mal orador que Dios dispuso que su hermano Aarón hablara por él; sin embargo, dado que Moisés aprendió a depender completamente de Dios, se convirtió en uno de los más grandes líderes espirituales. Los discípulos de Jesús eran en su mayoría incultos (Hechos 4:13); sin embargo, la influencia de aquellos hombres débiles se hace sentir hasta el día de hoy. Dios pudo servirse de ellos porque eran conscientes de su debilidad y no se apoyaban en sí mismos.

En cambio, cuando estamos tan seguros de nuestras propias fuerzas, cuando confiamos tanto en nuestras capacidades, experimentamos con demasiada frecuencia desilusiones, derrotas y frustración. ¡Qué lástima que nos apoyemos solo en lo humano cuando disponemos también de lo divino, que apenas echemos mano de nuestros recursos naturales cuando tenemos a nuestra disposición todos los recursos del Cielo! Siempre resulta curioso que insistamos en depender de nuestras propias fuerzas y criterios cuando tenemos a nuestro alcance las fuerzas y el poder de un Dios que todo lo puede.

El Dios que se ha revelado y nos ha mostrado su rostro en Cristo, desea ser nuestro mejor aliado. Él ansía comunicarnos su poder; pero si nos empeñamos en caminar por nuestra cuenta, apoyados en nuestro ímpetu y vigor, nos permite experimentar la fragilidad para que comprendamos lo escasas que son nuestras propias fuerzas. Se retira del escenario de nuestra vida, cuando no le permitimos ocupar su lugar, hasta que se sacudan los cimientos de nuestro orgullo y por fin nos demos cuenta de que nuestra presunta fortaleza no es más que flaqueza.

Hoy estás invitado a sacar fuerzas de Dios. Él dice: “Yo habito en un lugar alto y sagrado, pero estoy con el quebrantado y humilde de espíritu” (Isaías 57:15). Si hoy le pides a Él que te comunique su sabiduría y su fortaleza, lo hará, “para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios”, y no tuya (Mateo 7:7; 2 Corintios 4:7). Solo entonces podrás decir como el apóstol Pablo:

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13)

 

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