Jesucristo y la ley

Jesús no viene a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. El amor intachable de Dios se ha vuelto la medida de nuestra vida, el mandamiento nuevo. La santidad de Dios y su llamada a la humanidad nos llegan en la Ley llevada a su plenitud por Cristo, pero esta nueva ley no nos conduce al miedo de la justicia implacable. Nos sitúa ante Dios mismo, que cargó con todas nuestras culpas. Pero nadie puede cumplir por sí mismo la voluntad de Dios en toda su profundidad. El Sermón de la Montaña es un claro reflejo de la justicia de Dios y una crítica contra la imperfección humana. Jesús no excusa el pecado, como con la mujer adúltera, pero Él carga con el pecado y justifica al pecador. Ante una situación similar, Mahoma ordenó la lapidación de una adúltera embarazada después de haber dado a luz al bebé. Aquí se muestra el abismo entre el Islam y el Cristianismo. La ley divina debe cumplirse. Un perdón sería causa de nuevas equivocaciones. Pero como Jesús soportó el juicio de Dios sobre nosotros, tenía la autoridad para perdonar el pecado. Mahoma rechazó la cruz de Cristo. Sólo quedaban la ley y la justicia. Pone a sus seguidores bajo la ley, mientras que el cristiano permanece libre de la ley.

Cuando el cristianismo llegó a ser religión de estado, se intentó establecer una justicia global sobre una base cristiana, pero los intentos de conciliar justicia romana con el Sermón de la Montaña han sido inútiles. ¿Cómo podría un estado subsistir siguiendo literalmente el “no os resistáis al mal”? Mahoma ordenó, por el contrario, la guerra santa en el nombre de Alá y puso la espada en las manos de sus seguidores. Cristo promovió la no violencia y el amor a los enemigos y el perdón como norma absoluta. En esta tierra, a pesar de los intentos de la cristiandad, no se puede establecer el Reino de Dios, vendrá con Cristo. En este tiempo, la ley de Cristo es nuestra posesión y consuelo; nos ayuda a vencer nuestra debilidad y llevar a cabo actos de amor, con la ayuda de la gracia. Nadie puede cumplirla a plenitud, es nuestro fracaso permanente, pero el cristiano vive de la justicia de la cruz, no de la suya propia.

La moral islámica

La moral musulmana está basada en el más puro nominalismo, por el que las acciones humanas no están admitidas o prohibidas porque sean buenas o malas, sino que son buenas porque así lo determina Alá, o son malas porque están prohibidas. La moral está alejada del derecho natural y anclada en el positivismo, por lo que tampoco deja mucho margen para el diálogo o la confrontación, pues no hay ninguna base común desde la que partir.

Si la moralidad de los actos depende exclusivamente de la voluntad omnímoda de Alá, que manda lo que quiere y prohíbe lo que le parece sin consideración alguna a la razón de las cosas, queda rota la ligazón de los actos morales entre sí, puesto que éstos no están ordenados a una finalidad, como podría ser el bien de la persona o el n último al que aspira el hombre; el acto presente no asume el pasado ni prepara el futuro, sino que cada acto es autónomo y queda aislado en el momento presente. Lo que cuenta, entonces, es el cumplimiento externo del precepto sin que importe su intención o finalidad. Nos encontramos ante una moral de actos y de casos, por lo que el derecho y la casuística privan sobre la virtud. La discontinuidad de los actos nos conduce a una moral en la que sólo los actos son tomados en consideración. La moral musulmana cae en una situación similar a lo que era la moral farisaica, tan duramente criticada por Jesús, del que Mahoma se declara seguidor y suplantador. Moral de actos o de casos, que responde a una pasión primitiva: la voluntad de la afirmación de uno mismo respecto de lo que no es él mismo, anteponer la preeminencia de la libertad sobre el conocimiento, de exigir la plena autonomía, rechazando toda dependencia, norma o ley que no proceda de uno mismo, lo que conduce indefectiblemente a la arbitrariedad, ya que se produce una total ruptura entre libertad y razón. Las cosas no son buenas o malas porque se ajusten o no a lo que es bueno o razonable, puesto que lo bueno o lo malo lo determina la pura libertad, con lo que, en el fondo, se elimina la misma libertad, puesto que ésta se defiende por la autoposición en la más simple arbitrariedad. El campo de la moral es el de la voluntad que se impone, la ley, el mandamiento y la obediencia. No importa el contenido racional de los preceptos, sólo saber si han sido dictados por una autoridad que tiene el poder de hacerlo. La razón que intente buscar el porqué de lo dado queda inmediatamente desautorizada. Por ello, quedamos sometidos a la dictadura de la ley sin posibilidad de escape.

Este panorama que podemos reconocer fácilmente en el laicismo occidental anclado en la dictadura del relativismo, es el que se da, así mismo, en la moral islámica que se debe a su representación de Dios. No se reconoce su sabiduría, verdad o bondad, sino sólo su voluntad absoluta y soberana, que se identifica con el ser de Dios, absolutamente libre. Nada puede limitar esa libertad ni hay naturaleza alguna creada que pueda restringir su acción u orientarla.

La ley moral es la manifestación de la voluntad de Dios, pero Dios permanece perfectamente libre respecto de esta ley y de sus preceptos, que puede transgredir o cambiar cuando guste. No queda más alternativa – pues la voluntad de Dios se impone necesariamente sobre la de sus criaturas – que someterse a sus mandatos, de ahí el nombre de Islam que caracteriza a la religión fundada por Mahoma. Todo muy lejos de la libertad cristiana, fruto del Dios-amor que crea libertades y que no busca siervos sino amadores. Podríamos parafrasear aquí la queja de S. Pablo a los Gálatas, olvidados de la gracia de Cristo para caer en las redes de la ley: “Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio… Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!”. Esto mismo habría que decir de Mahoma, que anuncia otro evangelio, pero ni siquiera es evangelio sino vuelta a la esclavitud de la ley. La carta a los Gálatas representa una certera crítica por anticipado de lo que es la moral islámica. Ésta, desprovista de todo recurso a la razón, lleva a la imposición sin más de sus preceptos y, por exceso, al rigorismo sin paliativos, pues una moral basada en una serie de preceptos que no admiten discusión, no puede ser flexible o libre, sino que se muestra sumamente rígida. No hay matices, sino fidelidad o infidelidad sin más, todo está sometido a un estricta relación de normas, prescripciones o prohibiciones que afectan a todos los ámbitos de la existencia; algo similar a lo que ocurría, y sigue ocurriendo, en la ley farisaica con sus más de cuatrocientos preceptos.

La conclusión lógica de una moral que se rige por preceptos que no se discuten ni razonan, es la tendencia a imponerla en toda la sociedad, incluso por la fuerza. Es lo que nos confirma la evidencia histórica. La ley islámica, la sharía, es la única ley que ha de aplicarse a todos, social y políticamente, extensible a todas las naciones, con el recurso a las armas si es necesario. Por ello, la jihad o guerra santa, es un instrumento, a veces necesario. La ley islámica entra necesariamente en conflicto con cualquier legislación que no se atenga a sus principios, principios a los que no están dispuestos a renunciar aunque estén en minoría en los países occidentales, y que intentarán imponer por la fuerza, cuando tengan posibilidad de hacerlo.

Fuente: Revista Buena Nueva

 

 

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