La Ascensión

El texto latino de la Secuencia de Pascua del siglo XI dice: “El cordero ha redimido al rebaño, el inocente ha reconciliado los pecadores al Padre. Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, el Señor de la vida estaba muerto pero ahora está vivo y triunfa”. Esta era la misión que Cristo vino a realizar, y una vez cumplida volvió junto a su Padre. Dice el evangelista San Marcos que después de decirles a sus discípulos: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Marcos 16:15), el Señor Jesús fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios, y ellos se volvieron con gran gozo. En los Hechos de los Apóstoles se dice que mientras miraban a lo alto, dos hombres vestidos de blanco les dijeron: “Galileos, ¿por qué permanecéis mirando al Cielo? Este Jesús, que de entre vosotros ha sido llevado al Cielo, volverá tal como lo habéis visto marchar” (Hechos 1:11). Y se fueron a Jerusalén, y María permanecía con ellos.

Anuncia el profeta Isaías que la Palabra que sale de su boca es como la lluvia que baja del Cielo y no vuelve allí sin realizar aquello a lo que fue enviada: empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar. San Juan habla de lo mismo trascendiendo el hecho: la Palabra, que desde el principio estaba junto a Dios, se hizo carne poniendo su morada entre nosotros. Por medio de ella se hizo todo y antes de retornar a los cielos cumplió la misión que le fue encomendada, la de dar a cuantos la recibieron el poder de hacerse hijos de Dios. Todo, pues, lo hizo nuevo y después, retornó junto a Dios… ¡Qué hermoso es contemplar la unidad de la Escritura!

El mismo Jesucristo nos lo ha dicho: “No se turbe vuestro corazón, en la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a prepararos un lugar y cuando haya ido y os lo haya preparado, volveré y os tomaré conmigo” (Juan 14:2), y también: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Juan 16:28).

El camino al Paraíso está abierto

¡Dichosos nosotros! ¡Tenemos un lugar asignado en el Cielo! Basta con no perder esta filiación de hijos de Dios, pues solo el hijo se queda en casa para siempre, el esclavo no es de la casa. Cristo ha marchado al Cielo a prepararlo todo y luego volverá, aquí radica nuestra esperanza, ancla segura del alma que penetra más allá del velo (del Cielo), adonde penetró Jesucristo por nosotros como precursor. Sí, el segundo velo se rasgó en dos dejando a la vista el lugar sagrado, el Santo de los Santos (Sanctasanctórum). Dios no está ya recluido en el lugar reservado solamente al sumo sacerdote, sino que habita ya en nuestra carne que Él ha hecho suya y la ha introducido en el Cielo. El camino de retorno al Paraíso está ya abierto. Ahora esperamos con gozo su retorno, pues todo está ya cumplido.

Y estaba escrito también desde antiguo en el libro del Deuteronomio: “Tu Dios pone delante de ti la Tierra que vas a tomar en posesión, no tengas miedo ni te asustes (no se turbe vuestro corazón), pero me dijisteis, envíanos por delante hombres que la exploren y nos den noticias. Pues bien, he aquí que Yahveh Dios mismo marchará por delante de vosotros”… “Como un hombre lleva a su hijo, Él os precedía en el camino y os buscaba lugar para acampar”… ¡Ciertamente es hermoso contemplar la unidad de la Escritura!

Si el Señor ha ascendido al Cielo, ese es también nuestro destino, pues Él es la cabeza de este cuerpo que es la Iglesia. No somos ya, pues, ciudadanos del mundo sino del Cielo, y mientras estemos aquí, somos meros forasteros en la búsqueda de la patria definitiva.

Busquemos pues las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Escondamos nuestra vida con Cristo en Dios, aspiremos a las cosas del Cielo y no a las de la tierra, para que cuando aparezca Cristo en su definitiva venida, aparezcamos gloriosos con Él.

Fuente: Enrique Solana

 

 

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