La esperanza cristiana

Para la mayoría de la gente, esperanza es sinónimo de ilusión infundada. Se evidencia en refranes como el que reza: “Con esperanza no se llena panza”. Sin embargo, en la Biblia no tiene ese sentido. En las Escrituras significa expectación gozosa y confiada.

A lo mejor abrigas la esperanza de que te sucedan cosas buenas, o la ilusa esperanza de que nada malo te ocurra. Es lo mismo que todos anhelamos; pero no es un deseo muy realista, porque en este mundo “los males los hay a caudales”. Por eso es mucho más sensato depositar nuestra esperanza en Dios más que en ninguna otra cosa. Me resulta reconfortante este pensamiento: “Tienes que creer que tu vida está en manos de Dios y que es Él quien la gobierna. Puede que estés pasando por un momento difícil, pero debes creer que Dios tiene un motivo para ello y que al final hará que todo redunde en bien” (Joel Osteen).

Las esperanzas sin ancla nos dejan a la deriva en un mar de incertidumbres y no sirven para afrontar las verdaderas tempestades de la vida, como puede ser el diagnóstico de una enfermedad terminal o la pérdida de vivienda y sustento. Para esos trastornos y tragedias necesitamos una esperanza sólida, que es precisamente la que nos brinda Jesús. Su resurrección, que los cristianos conmemoramos este mes, trae consigo la promesa de la vida eterna que disfrutaremos con Él. De ahí que el rey David de antaño expresara este sentimiento: “Mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aún mi carne descansará en esperanza” (Hechos 2:26).

Jesús nos indicó cómo quiere que orientemos entretanto nuestra vida: Así como el Padre lo envió a Él, Él nos envía a nosotros (cf. Juan 20:21). Nos insta a ser sus manos, sus pies, sus ojos, sus labios; a vendar a los quebrantados de corazón, a consolar a los que están de duelo, a dar de comer a los hambrientos, a levantar a quienes tienen el alma sepultada en la desesperanza y la soledad, a dar vista a los ciegos iluminándolos con la luz de Jesús, a anunciar el evangelio a los pobres, a desatar los pesados yugos y liberar a los oprimidos espiritualmente (cf. Isaías 61:1-3). “Dad gratis lo que gratis habéis recibido” (Mateo 10:8).

Pongamos a Jesús en el centro de nuestras celebraciones esta Semana Santa y anunciemos a todos la Buena Nueva de su nacimiento, muerte y resurrección, que es fuente de auténtica esperanza de nueva vida para todos los que se acercan a Él.

Fuente: G. García V.

 

 

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