Las piedrecitas azules

Había una vez dos piedrecitas que vivían entre muchas otras en medio del torrente de un río. Destacaban entre todas porque eran de un intenso color azul.

Cuando les daba el sol, brillaban como dos pedacitos de cielo caídos en el agua. Casi todo el tiempo conversaban sobre lo que serían cuando alguien las descubriera:

“¡Ya verás!, seguro que acabaremos en la corona de una reina.”

Esto se decían con entusiasmo la una a la otra. Un día, por fin, fueron recogidas por la mano de un hombre. Estuvieron varios días sofocándose en una caja hasta que alguien las cogió y las metió en una pared, junto con muchas otras. Las llenaron de cemento por todos los lados y no se podían mover. Lloraron, suplicaron, insultaron, amenazaron, pero no sirvió de nada. Al final, dos golpes de martillo las hundieron definitivamente. A partir de entonces sólo pensaron en huir. ¡Ellas querían regresar a su río!

Pasado un tiempo, trabaron amistad con un hilo de agua que de vez en cuando se filtraba por allí y les recordaba a su antiguo hogar en el torrente. Siempre que le veían le decían:

“¡Oye!, ¿por qué no te metes entre nosotras para que podamos salir de esta maldita pared?”

Y eso es lo que hizo el hilo de agua. Siempre que pasaba por su lado se metía entre ellas con toda la fuerza que tenía, que no era mucha. Así, al cabo de unos meses, las piedrecitas ya se podían mover un poco. Cada vez más y más hasta que, finalmente, después de mucho esfuerzo en una noche de mucha humedad, las dos piedrecitas se soltaron y se tiraron de la pared.

Ya en el suelo, miraron hacia arriba para ver cuál había sido su prisión y, mientras miraban, los primeros rayos del sol iluminaron un espléndido mosaico. Miles de piedrecitas de oro y de multitud de colores formaban la figura de un hombre. Pero en su rostro había algo raro… ¡Estaba ciego!

Cuando las piedrecitas se estaban dando cuenta de lo que había pasado, el sacristán de la iglesia las recogió con la escoba distraídamente mientras barría, como todas las mañanas, justo debajo del mosaico que representaba a Cristo, ahora sin pupilas.

Autor desconocido


Dios ama siempre lo pequeño; aunque parezca insignificante, es valioso a sus ojos. Nunca olvides que “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso” (1 Corintios 1:27). “Que nadie te menosprecie por tu juventud; sé, en cambio, un modelo para los fieles en la palabra, la conducta, el amor, la fe, la pureza” (1 Timoteo 4:12)

 

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