Los 3 misterios

Es curioso y al mismo tiempo muy sorprendente, pero toda la teología cristiana se podría contener y resumir en tres misterios; bien podríamos decir, los tres grandes misterios:

  1. El misterio de Dios (Trinidad)
  2. El misterio de Dios con nosotros (Encarnación)
  3. El misterio de Dios en nosotros (Espíritu Santo)

El primero se refiere a quién es Dios; aquel Dios que es revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El segundo misterio es Dios-con-nosotros, Emmanuel, que nos revela que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). El tercer misterio tiene que ver con la teología de la gracia y la vida en el Espíritu; el misterio de Dios en nosotros se basa en la inhabitación del Espíritu Santo.

El misterio de Dios con nosotros significó que Jesús “se despojó de sí mismo” (Filipenses 2:7) y abrazó la finitud. Jesús dijo que era mejor que Él se fuera en vez de quedarse (Juan 16:7) porque entonces el Abogado, el Consolador o Paráclito vendría. Se trata del Espíritu Santo, el cual se quedará con nosotros y estará “en” nosotros (Juan 14:17) manifestando el misterio de Dios en nosotros.

Por más grande que sea “Dios con nosotros” a través de Jesús, ¿cuánto más profundas serían nuestras vidas con “Dios en nosotros” a través del Espíritu Santo? Jesús lo confirmó cuando dijo:

“El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.” (Juan 14:12)

Aunque estas palabras nos pueden sonar exageradas nos recuerdan que el mismo poder que operaba en Jesús cuando predicaba, sanaba y hacía milagros es dado a aquellos que creen en Él. Es un gran misterio pues, en su humanidad, Jesús “se despojó” de su “igualdad con Dios” mientras que siguió existiendo todo el tiempo en la “forma de Dios”.

Tenemos esta perspectiva de uno de los más tempranos textos litúrgicos sobre la incipiente Iglesia, que se encuentra en la carta del apóstol Pablo a los Filipenses (2:6-11). El Concilio de Calcedonia, uno de los grandes concilios cristológicos, enseñó que en la unión de las naturalezas divina y humana de Jesús, su intelecto y voluntad divinos no estaban mezclados con su intelecto y voluntad humanos. Esto significa que todos sus milagros fueron hechos a través del poder del Espíritu Santo obrando a través de su naturaleza humana, el mismo Espíritu Santo que Él exhaló sobre sus discípulos y que Él desea insuflarnos a nosotros también hoy.

Es por esto por lo que Jesús puede afirmar que aquellos que creen en Él harán las mismas obras que Él e incluso más grandes. De hecho, para nosotros es una ventaja que Dios esté en nosotros en vez de con nosotros.

Fuente: Una renovación divina

 

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