Manual para evangelizadores II

La vida del evangelizador es un punto clave y decisivo en todo esto. Se suele decir que la mayor dificultad no es comenzar algo sino mantenerse en pie, perseverar, ser fiel hasta el final. Como decía en la primera parte de este artículo (aquí), el auténtico evangelizador es aquel que vive con pasión su identidad y actúa con visión, una visión que se mantiene cuando no se apartan los ojos del Señor.

Podrá asomar el desaliento, el temor o la frustración, pero aquel que termina su carrera y llega a la meta es el que no se ha distraído por el camino (Filipenses 3:12-14; 2 Timoteo 4:7). San Pablo dice que “en todo caso, desde el punto a donde hemos llegado, avancemos unidos” (Filipenses 3:16); esto significa que no podemos funcionar ni caminar como “francotiradores”, ya que formamos parte de un cuerpo, del Cuerpo de Cristo. Como miembros de un mismo Cuerpo, nos necesitamos y nos complementamos para hacer avanzar el Reino (1 Corintios 12:12-30).

Todo evangelizador está llamado al liderazgo, un liderazgo en clave evangélica que significa servir y ser un ejemplo para los demás (1 Timoteo 4:12). El evangelizador que vive el liderazgo de esta manera es escuchado por los no creyentes e imitado por los creyentes. El buen líder sabe dirigir, delegar, motivar, inspirar, tomar decisiones y levantar la mirada al cielo, teniendo los pies en la tierra. Cuando se vive el liderazgo cristiano a cabalidad no solo evangelizamos sino que también somos capaces de liderar y formar evangelizadores (2 Timoteo 2:2), lo que producirá un efecto multiplicador en la acción misionera de la Iglesia.

Todo esto es posible cuando trabajamos en equipo y en comunidad, siendo conscientes de que es el Espíritu Santo el auténtico protagonista y el alma de la Iglesia evangelizada y evangelizadora. Cuando cogemos el libro de los Hechos de los apóstoles, nos damos cuenta que son tres los elementos fundamentales que lo componen y le dan sentido: el Espíritu Santo, la Iglesia y la evangelización. La Iglesia, que ya había sido “engendrada” en la pasión, muerte y resurrección del Señor, es “dada a luz” en el primer Pentecostés cristiano, para ser impulsada por el Espíritu Santo hasta los confines de la tierra en esa tarea misionera de evangelización.

La razón de ser de la Iglesia y de cada miembro es la evangelización; somos la comunidad de los discípulos misioneros. Hoy más que nunca debemos saber distinguir y tener un buen discernimiento ante lo que es la evangelización y lo que no es. Si todo es evangelización, nada es evangelización, escuché decir a alguien en una ocasión. La acción social, la celebración y el aspecto moral-doctrinal forman parte del ser de la Iglesia, pero no son evangelización propiamente. El Papa Francisco recordó a los jóvenes reunidos en la JMJ de Río de Janeiro que la Iglesia no puede ser una ONG; por supuesto que su labor socio-caritativa es una expresión y consecuencia del amor cristiano, pero no podemos equivocar los términos ni mucho menos las prioridades, que nos vienen dadas por nuestra identidad en Cristo y en su misión.

Otros aspecto decisivo en la Iglesia del tercer milenio es la acogida y el cuidado personal de los nuevos creyentes. Si anunciamos el kerygma y llevamos el primer anuncio a los hombre y mujeres de nuestro tiempo, pero no estamos debidamente preparados para el siguiente paso, la acogida y el cuidado, estaremos siendo tremendamente irresponsables con nuestros semejantes. Sería algo así como dar a luz y traer al mundo una nueva criatura, para dejarla morir sin propiciarle el alimento y el cuidado que necesita. Debemos aprender a respetar los tiempos y los procesos de cada persona, estando debidamente preparados con programas de crecimiento y formación que nos ayuden a formar auténticos discípulos misioneros que puedan desempeñar y desarrollar también su propia tarea de evangelizadores (2 Timoteo 4:5).

Por último, es muy sano reconocer que el uso que le damos a nuestro tiempo y a nuestro dinero dice mucho acerca de nuestra identidad en Cristo y en su misión. Alguien dijo que hay tres cosas que hacen caer a los siervos de Dios: la falda, la fama y la lana (el dinero).

“El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera?” (Lucas 16:10-11)

La forma en la que manejamos nuestros recursos económicos es una clara expresión externa de nuestra condición espiritual interna. Si nuestra conversión no ha llegado al bolsillo, quizás no ha pasado por el corazón y por tanto no será auténtica todavía. Un porcentaje muy alto de creyentes gasta más de lo que gana y son más los que emplean una mayor cantidad de dinero en pagar intereses al banco que en ayudar a la Iglesia por medio de donativos, ofrendas y diezmos. Hoy más que nunca, necesitamos hombres y mujeres íntegros que saben hacer lo que se tiene que hacer, como se tiene que hacer y cuando se tiene que hacer.

“Mirad: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.” (2 Corintios 9:6)

Cada evangelizador está llamado a poner su corazón en el verdadero tesoro y a buscar el Reino de Dios sobre todo lo demás, sabiendo que el Señor se ocupa de nosotros y de todo lo nuestro. Quizás, el texto bíblico con el que termino esta breve exposición, debería ser leído y meditado habitualmente de manera personal y también comunitaria, con el fin de forjar y formar los evangelizadores del siglo XXI a prueba de todo…

“No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón […]

Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia.” (Mateo 6:19-34)

 Onofre Sousa


NOTA: Este artículo, junto con la primera parte, es una pequeña síntesis del Seminario de Nueva Evangelización (más información)

 

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