Manual para evangelizadores I

Se trata, más bien, de un pequeño sumario o manual rápido que busca exponer los criterios fundamentales y las claves más importanes que todo evangelizador debería tener en cuenta.

“Cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio.” (2 Timoteo 4:5)

Partimos del concepto de evangelizador que se sitúa en la línea del ser (Mateo 5:13-15; 1 Pedro 2:9) y no tanto del hacer; es decir, que el hacer debe seguir al ser y nunca al revés. Quien no tiene clara su identidad, jamás podrá llevar a cabo la misión para la cual Dios le llamó; el evangelizador es alguien con una identidad tremenda que ya no necesita que le recuerden lo que debe hacer:

“¡Ay de mi si no evangelizara!” (1 Corintios 9:16)

Yo creo que el criterio fundamental que marca la diferencia en la vida de un evangelizador es el amor; el amor a Dios y el amor al prójimo. Para ello necesitamos el Espíritu Santo, que nos dará la mirada de Jesús y el Corazón de Dios ante los hombres y mujeres de nuestra generación:

“Vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9:36)

Jesús se compadece hoy al ver a las personas desorientadas y siempre quiso inculcar este sentir en sus discípulos, enseñándoles a interesarse por las necesidades de tantos que viven como ovejas sin pastor: “No tienen necesidad de irse, dadles vosotros de comer” (Mateo 14:16). A través de los suyos, Jesús quiso mostrar su compasión y lo sigue haciendo hoy también a través de su Iglesia, por medio de hombres y mujeres que desean impactar su generación y transformar pueblos y naciones.

Un evangelizador es, ante todo, un discípulo misionero, como dice el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Un verdadero discípulo es el que puede manifestar la compasión del Corazón de Dios hacia las personas de su tiempo, y un auténtico misionero es el que puede vivir con pasión y actuar con visión. Solo el que está convencido puede convencer y el que está enamorado puede enamorar.

Cuando consideramos el gran mandamiento o gran comisión (Mateo 28:19-20) como la expresión más perfecta de vivir el primer mandamiento (Mateo 22:37-38) y el mandamiento nuevo (Juan 13:34), descubrimos cuatro tareas a realizar: ir, hacer discípulos, bautizar y enseñar. Una de ellas es la tarea esencial, alrededor de la cual todas las demás giran, y es la tarea central que Jesús ha encomendado a su Iglesia: HACER discípulos. Hay una gran confusión en la Iglesia hoy en día; hemos ido a todo el mundo, hemos bautizado todo, enseñamos en catequesis, escuelas… pero nuestra debilidad es precisamente hacer discípulos y este es el núcleo de la tarea que Jesús ha encomendado a su Iglesia.

hacer discipulos

El fin de la evangelización es hacer discípulos, y el auténtico discípulo del Maestro siempre será misionero y evangelizador. “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera” (Evangelii Gaudium, 266).

El evangelizador vive de manera consciente su misión profética, real y sacerdotal que se deriva de su propio bautismo e identidad en Cristo; de esta manera, vive lo que predica para que no dejar nunca de predicar lo que vive. Ha descubierto que no puede haber justificación sin santificación (Romanos 6:22), porque faltaría coherencia en su vida y en su mensaje; tampoco puede haber santificación sin justificación (Romanos 3:21-26), porque se produciría frustración al tratar de ganar el favor de Dios por sus propios méritos.

El mensaje que debe anunciar todo evangelizador es Jesucristo, y este crucificado (1 Corintios 2:1-2). No puede anunciarse a sí mismo ni puede anunciar otro evangelio, ya que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13:8). Se trata de la Buena Noticia de salvación que nunca estaría completa si no lleva a una decisión: arrepentirse, convertirse y creer (Hechos 2:37-38). Por eso, el evangelizador sabe que el Evangelio del Reino siempre es Buena Noticia porque también hay una mala noticia: el pecado, la frustración del plan de Dios en la vida de cada persona.

Cuando presentamos un evangelio “amistoso” que no expone el pecado (Juan 16:8-9), para que pueda darse arrepentimiento y conversión, y solo ofrecemos un mensaje “positivo” para hacer sentir bien a la gente como si de una terapia de autoayuda se tratara, falseamos el anuncio y no obtenemos como resultado que haya creyentes auténticos y verdaderos. Nunca podemos olvidar la imagen de la Iglesia como un hospital donde se acoge a los enfermos y en el que se encuentra la medicina que cura a todos, médicos incluídos.

Onofre Sousa


NOTA: Próximamente se publicará la segunda parte de este artículo

 

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