Orar desde mi vida XXIII

Tú eres el refugio de mi vejez

“La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.” (Marcos 1:30-31)


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SALMO 71

“Tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti. No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones. Dios mío, no te quedes a distancia; Dios mío, ven aprisa a socorrerme. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; ahora, en la vejez y las canas no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación. Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves: de nuevo me darás la vida, me harás subir de lo hondo de la tierra; acrecerás mi dignidad, de nuevo me consolarás. Y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad.” (5-6.9.12.17-18.20-22)

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SALMO 88

“Señor, Dios Salvador mío, día y noche grito en tu presencia; llegue hasta ti mi súplica, inclina tu oído a mi clamor. Porque mi alma está colmada de desdichas, y mi vida está al borde del abismo; ya me cuentan con los que bajan a la fosa, soy como un inválido. Has alejado de mí a mis conocidos, me has hecho repugnante para ellos: encerrado, no puedo salir, y los ojos se me nublan de pesar. Todo el día te estoy invocando, Señor, tendiendo las manos hacia ti. ¿Por qué, Señor, me rechazas y me escondes tu rostro? Alejaste de mí amigos y compañeros: mi compañía son las tinieblas.” (2-5.9-10.15.19)