¿Por qué tengo que perdonar?

¿Por qué tengo que perdonar a quienes me han herido? ¿Eso no sería absolverlos de toda culpa? ¿Por qué permitir que se salgan con la suya?

“El perdón no cambia el pasado pero sí amplía el futuro”, dijo alguien. “Los débiles nunca perdonan. El perdón es el atributo de los fuertes” (Gandhi). Sin perdón, la vida se rige por un ciclo infinito de resentimiento y represalias que parece no tener fin. Por muy difícil que te resulte perdonar, tu situación no mejorará hasta que des ese paso trascendental.

Para empezar, hay que entender que el perdón no es algo que se practique primordialmente para beneficio del otro. Debes perdonar a la persona que te agravió por tu propio bienestar emocional y espiritual; es condición imprescindible del proceso de sanación. Hay tres razones para poder afirmar esto:

En primer lugar, te ayuda a neutralizar el efecto tóxico que tiene una actitud rencorosa en la persona que la adopta. La negativa a perdonar a quienes te han ofendido abona tu mente y tu espíritu para que proliferen toda suerte de sentimientos malos y destructivos, tales como el odio, el resentimiento, la ira y la sed de venganza. Con ese estado de ánimo nunca llegarás a ser feliz. El antídoto es el perdón, un agente de cambio que con el tiempo contrarresta el daño sufrido.

En segundo lugar, aunque esos sentimientos te parezcan justificados a la luz de las circunstancias, si actúas motivado por la hostilidad o incluso si te empeñas en revivir la injuria mentalmente, te vuelves tan culpable como la persona que te hirió. Dos malas acciones no hacen una buena.

Por último, en el Padrenuestro Jesús nos enseña a pedir perdón y ser clementes: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden […] Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:12.14-15). El perdón no altera el pasado, pero sí propicia un futuro mucho más dichoso.

Una serpiente de cascabel, al sentirse acorralada, se pone a veces tan frenética que sin querer se clava a sí misma sus mortales colmillos. De la misma manera, quien alberga resentimiento y odio, la mayoría de las veces se emponzoña a sí mismo con ese veneno. Puede estar convencido de que con su despliegue de cólera hiere a sus enemigos, cuando en realidad se hace un profundo daño interior a sí mismo. No se gana nada cediendo al rencor y la ira. Es preciso que aprendamos a perdonar los agravios y le pidamos a Dios que nos llene el corazón de su amor. Solo así evitaremos que el resentimiento y la ira nos lastimen.

Aprendamos de Jesús, que incluso en la cruz y en el momento más difícil de su existencia humana, supo perdonar a sus verdugos con estas palabras tan impresionantes: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

 

 

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