¿Qué sería de mí?

Siempre es un buen día para agradecer a Dios estos casi 25 últimos años de una vida, ya que fue un día de 1992, un 29 de noviembre, cuando todo cambió para siempre…

Desde entonces y hasta hoy nada ha sido igual, y tantas veces me he preguntado, o quizás mejor le he preguntado: ¿qué sería de mí hoy si Tú no me hubieras alcanzado en aquel momento de mi existencia?

Hay un día, un momento, en que uno tiene esa certeza de ser amado; haya hecho lo que haya hecho, haya sucedido lo que haya sucedido, me hayan querido o me hayan maltratado… Soy amado por Dios incondicionalmente. Cuando te has enamorado de verdad, ya te pueden venir todos a decir que lo que te pasa es falso, subjetivo o circunstancial; pero cuando es Dios quien está en la ecuación, sabes que es auténtico y verdadero.

Mucha gente piensa que aceptar a Dios te va a estropear la vida, pero la verdad no es esa. Eso puede formar parte de la verdad de una religión contada. Yo no conozco a nadie que viva íntegramente la receta de Jesucristo y no pueda concluir que esto mejora su vida. Esto lo puedo afirmar hoy, con toda la certeza y seguridad, pero no siempre fue así.

Fui bautizado y recibí la Primera Comunión, pero ahí se acabó la historia en aquel momento. No crecí como ateo, pero tampoco como creyente. Viví todos esos años con total indiferencia y de espaldas a Dios, sin ningún interés por un dios lejano y un dios concepto del que oía hablar de vez en cuando.

Era una gran apatía y desinterés el que sentía hacia un dios cruel, que te está mirando con el dedo levantado, indiferente a lo que tú le cuentas, antipático, ausente e impasible. Hoy recomiendo hacerse ateo de ese dios, porque ese dios no existe. El Dios de Jesucristo que me presentaron en aquel mes de aquel año, el Dios que me buscó porque me amaba, el Dios que yo he conocido, el Dios con el que me encontré y que ha cambiado mi vida, el Dios único y verdadero es amor, es bueno, es misericordioso; llora por ti, se alegra contigo, es esclavo y te lava los pies. Es un Dios que respeta tu libertad y que quiere lo mejor para ti.

No solo es bueno y amable, es un Dios asombroso porque vino a ensuciarse con mi barro para poder limpiarme y levantarme, dándome la dignidad de hijo suyo. Descubrí en el Evangelio que allí por donde Jesús pasaba, había revolución, transformación y renovación; esto es lo que ha sucedido en mi vida durante estos 22 años, cuando he caminado de su mano.

A veces parece que tenemos un celo excesivo por la imagen de la Iglesia y nos preocupamos demasiado del aspecto legalista, sin darnos cuenta que siempre estará formada por pecadores en camino hacia la meta. No se trata de un club de gente guay, se trata de un hospital donde lo importante no son los enfermos ni siquiera los médicos, que también pueden estar enfermos, sino la medicina que nos cura a todos. Jesús no es un legalista sino un libertador que ha venido a darnos libertad, una libertad que nos sana de raíz y nos empuja a llevarla al mundo entero.

Al mismo tiempo, he descubierto con los años que Dios tampoco es aquel abuelito a quien no le importa lo que yo haga o que no se entera de nada; “como es amor y solo amor, lo demás no cuenta”, podemos pensar. Descubro que Dios tiene corazón, un corazón demasiado grande para acoger a toda la humanidad, que se duele con mi ofensa, con mi pecado y con mi falta de amor. El amor de Dios, porque es auténtico, busca ser correspondido y por eso estuvo dispuesto a llegar hasta el final, hasta la cruz, para que no tuviéramos ninguna duda. Por eso es que, también, cuando mi amor por Dios es verdadero, deseo agradarle en todo; y cuando le he fallado, necesito arrepentirme y volver a empezar porque Él siempre está dispuesto a darme su mano que me levanta de nuevo.

Nunca dejaré de asombrarme al pensar que no soy yo el que ha buscado a Dios, sino que es Él el gran buscador que tan solo necesita que yo me deje encontrar. Él salió al encuentro de Abrahán, se le aparece a Moisés en la zarza, se cruza en el camino de Saulo, y lo mejor de todo es que también me buscó a mí y me llamó por mi nombre para sacarme de la confusión y llevarme hasta su luz admirable. Ese es el Dios de Jesucristo que deja el rebaño con las 99 para ir en busca de la oveja perdida. No es tan solo un Dios bueno, es asombroso y me dice que me ama a pesar de todo.

Muchas veces podemos concluir que lo mejor que nos ha sucedido es haber encontrado la perla más preciosa, la moneda perdida o el tesoro escondido en el campo, y claro que es lo más sobresaliente; sin embargo, hay algo aún mejor, aunque suene extraño decirlo, y es la posibilidad de dar a los demás gratis lo que nosotros hemos recibido gratis, porque “hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Cuando te conviertes en medio o en instrumento de Dios para que otros puedan también encontrarse con su misericordia y su rostro, como sucedió conmigo, experimentas el gozo más grande cuando le puedes ofrecer al otro lo más trascendental para su vida. Precisamente en esto deseo empeñar toda mi vida, junto con mi esposa; en vivir las 24 horas de cada día con alma misionera y anunciando la mejor de las noticias, la Buena Noticia de Jesucristo, a todos cuantos sea posible.

Hoy, después de 22 años de aquel primer encuentro, me vuelvo a sorprender como un niño que no encuentra explicación y le vuelvo a decir, cantando:

¿Qué sería de mí si no me hubieras alcanzado? ¿Dónde estaría hoy si no me hubieras perdonado? Tendría un vacío en mi corazón, vagaría sin rumbo, sin dirección. Si no fuera por tu gracia y por tu amor… sería como un pájaro herido que se muere en el suelo, sería como un ciervo que brama por agua en un desierto. Si no fuera por tu gracia y por tu amor.

Gracias, Señor, porque solo Tú eres un Dios asombroso, Dios incomparable… Jesús

 O. Sousa

 

 

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