¿Se pueden superar las crisis?

¿Te preocupa el futuro? ¿Afrontas el presente con temor? ¿Has llegado a pensar que tu mundo se venía abajo? ¿Te sientes impotente, indefenso, solo o deprimido?

Es bueno saber que no eres el único, pero no para recitar aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Todos los seres humanos pasamos alguna vez en la vida por momentos o situaciones así. El Evangelio explica que, poco después de la muerte de Jesús, los discípulos sintieron esa misma incertidumbre y esos mismos temores que experimentan aquellos cuyas expectativas no se han cumplido.

Para ellos todo se resolvió cuando comprendieron que el Maestro seguía a su lado y que podían seguir contando con Él tal como lo habían hecho hasta entonces. Les llevó un tiempo asumirlo y llevarlo a la vida, pero ver a Cristo resucitado puso todo en su justa dimensión y les confirmó que Él tenía poder para proporcionar lo que ellos necesitaban y anhelaban.

Lo mismo nos sucede hoy a nosotros; el Maestro no nos prometió que la vida sería coser y cantar ni que estaríamos exentos de dificultades y oposición. Pero sí nos aseguró que no nos dejaría nunca (Mateo 28:20; Hebreos 13:5) y que siempre nos amaría hasta la eternidad (Juan 14:21). Puede que el camino no sea fácil (Juan 16:33), pero no vamos solos; Dios está con nosotros y está de nuestro lado. No tengas miedo ni te acobardes porque “no hay temor en el amor, sino que el amor perfecto [el amor de Dios] expulsa el temor” (1 Juan 4:18).

Si no nos dejamos abatir por las pruebas y vicisitudes de la vida, y más bien las aprovechamos para afianzar nuestra amistad con Aquel que nos puede infundir esperanza, gozo y paz (Romanos 15:13), lograremos superar nuestras dificultades y siempre saldremos fortalecidos de cada crisis, tal y como les sucedió a los discípulos de Cristo.

No temas al fracaso, es el camino a la victoria; la cruz de Cristo no fue la derrota final, sino la puerta que abrió la esperanza de la resurrección. Si te caes siete veces, levántate ocho; pero nunca te rindas ni bajes los brazos. Todos los creyentes que han superado alguna crisis en su vida son gente común y corriente, pero con una determinación extraordinaria y poco común que han desarrollado junto a Dios.

“Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará; no permitirá jamás que el justo caiga” (Salmo 55:23). “Solo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; solo Él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza: no sucumbiré” (Salmo 62:2-3).

 

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