Somos como un espejo

Es bien conocida la capacidad que tiene el espejo de reflejar el sol, haciendo rebotar sus rayos en la dirección seleccionada.

“Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor; y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.” (2 Corintios 3:18)

El verbo original que nos encontramos en la primera parte de este versículo se puede traducir como reflejar y también como contemplar. Parece que este verbo fue elegido por su autor de manera intencionada, ya que su empeño fue hacernos entender que reflejamos de manera natural el amor de Dios solo cuando previamente lo hemos contemplado cara a cara.

Sería inconcebible que el espejo optara por reflejar un mensaje propio y no aquel que está recibiendo, con el objetivo de sobresalir y situarse como protagonista en la escena. De la misma manera, el hombre y la mujer creyente deben entender que son espejos, llamados a contemplar y reflejar la gloria de Dios para el bien de la humanidad. No se trata de nosotros, se trata del amor del Señor y de su mensaje de salvación para todos.

El que trabaja como guía en un museo importante tiene el encargo de mostrar las obras de arte, explicarlas, echarse a un lado y permanecer en silencio mientras son admiradas. No puede olvidarse de su papel y eclipsar la belleza de los cuadros, pensando que él es el centro de atención.

El espejo por sí mismo no es nada (cf. 1 Corintios 3:7); por eso no se trata de ser como luciérnagas con luz propia, sino espejos que reflejan la luz de Dios: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2:20). Esto es lo que le sucedía a Moisés cuando bajaba del Sinaí después de hablar con Dios, que su rostro brillaba durante varios días hasta el punto de tener que cubrirse con un velo (Éxodo 34:29-35).

No se trata de un milagro sino de algo natural y lógico. Cuando pasamos tiempo en la presencia del Señor, lo reflejamos sin esfuerzo por la acción del Espíritu Santo. Tan solo debemos reconocer que somos espejos, abandonarnos en sus manos y dejarnos mover por Él para reflejar su gloria en este mundo. Cada uno de nosotros vamos a reflejar aquello que contemplamos, todo depende del “depósito” que tengamos.

El apóstol Pablo entendió muy bien esto, ya que era consciente de ser tan solo un espejito que debía reflejar la gloria de Dios. El Señor le había confiado un mensaje y su única misión en esta vida fue consagrarse en cuerpo y alma a llevar este mensaje a todos los rincones de la tierra. Ni siquiera se consideraba digno de llamarse apóstol, porque sabía muy bien que no se trataba de él sino de la gloria de Dios:

“Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol… Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí… no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.” (1 Corintios 15:9-10)

No hay límite cuando descubres y vives esto en plenitud. Nuestra parte y nuestra tarea consiste en pasar un trapito cada día y mantener el espejo lo más limpio posible, de manera que pueda reflejar lo más nítidamente posible la gloria del Señor.

 

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