¡Tuyo soy!

Nunca he comprendido de forma tan plena el paso por el desierto del pueblo de Israel, hasta que he tenido la misma experiencia de salir de mi propio Egipto con el anhelo de llegar a la Tierra Prometida, percatándome de lo inevitable que es cruzar el desierto como antesala de esa tierra que mana leche y miel.

La pedagogía de Dios es siempre perfecta y sus planes resultan mucho más altos que los nuestros (Isaías 55:8-9). En estos últimos años he aprendido en carne propia que en la vida todo tiene un sentido, he podido descubrir de manera tan concreta que todo obra para bien (Romanos 8:28). Todo es parte de un propósito divino, Él siempre ha estado conmigo y su Palabra no ha fallado; nunca me ha dejado y por eso mi confianza descansa cada día sobre su fidelidad.

En muchas ocasiones me he sentido como entre la espada y la pared, rodeado por desvelos y sin saber qué hacer, pidiendo a gritos su intervención. Quizás empecé a desviarme del camino que yo sabía que debía seguir, creo que me cansé del esfuerzo que exigía; ahora que lo pienso con calma, no fue que me desvié sino que paré de avanzar. En toda carrera, detenerse es quedarse atrás.

En mi interior, a veces me puse a cuestionar por qué había decidido salir de mi tierra para ir a un lugar desconocido. Quizás se me olvidó la emoción de correr en esta carrera (Hebreos 12:1-2) y solo atinaba a pensar en el calor asfixiante del asfalto. En ocasiones, siento que no estoy en condiciones de terminar la carrera; me reconozco débil y con necesidad de volver a sentarme para tomar aliento, pero Él me asegura que nada de eso importa. Percibo una fuerza a mi lado que me levanta de nuevo, es la voz de mi Señor, el Dueño de mi amor, que siempre está conmigo; todo lo que me pide es que me olvide del pasado y empiece a correr otra vez.

Cuando recuerdo cada período difícil y debilitante en el camino, agradezco haberme “perdido” por un tiempo ya que aquello reavivó mi pasión y me preparó para mi próxima misión. Alguien dijo que para descubrir nuevas tierras, primero hay que tener el valor de alejarse de la costa. Mientras no se tome una decisión, no sucede nada; la decisión es una chispa que enciende la acción. Decidir es enfrentarse valientemente a lo que está por delante sabiendo que, de no hacerlo, quedará para siempre sin realizarse. Nunca le he pedido a Dios que dirija mis pasos sin estar dispuesto a mover los pies…

A veces me hablaste de una vez, en otras tu silencio solo escuché; qué interesante tu forma de responder. Pero aprendí que lo que pasa bajo el cielo Tú lo sabes, que todo tiene una razón. Y que al final será mucho mejor lo que vendrá, es parte de un propósito y todo bien saldrá.

En mi noche clamo a Ti; te anhelo, Dios. Aunque lejos Tú estés, simpre te diré: ¡tuyo soy! Cuando sienta soledad, mi alma cantará: ¡tuyo soy! Llegó la hora y mi corazón vuela de nuevo. Cumplo mis votos sin vacilar; hoy quemo mis naves, ya no hay vuelta atrás. Cuando escuché tu voz y pronunciaste mi nombre, mi corazón tuvo sed de Ti, mi Dios y mi Señor. Por eso, de nuevo hoy te digo y cada día te diré aún sin saber lo que me espera: ¡tuyo soy, tuyo soy!


 

“Yo voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la tierra estéril.” (Isaías 43:18-19)

Onofre Sousa

 

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