¡Ven, Espíritu Santo!

Lo único que puede hacer el Espíritu Santo en nuestras vidas es TODO; pero, ¿quién es el Espíritu Santo?

Hay personas que piensan que se trata tan solo de una energía, de una fuerza o de algo similar pero impersonal. La Biblia nos muestra que el Espíritu Santo no es algo, sino Alguien:

“Ahora bien, el Señor es el Espíritu.” (2 Corintios 3:17)

Vemos, por tanto, que la Biblia enseña que el Espíritu Santo es persona: porque enseñará todas las cosas (Juan 14:26); porque da testimonio (Juan 15:26); porque guía a la verdad (Juan 16:13); porque toma decisiones (Hechos 15:28); porque da dones (1 Corintios 12:7); porque mentirle a Él es mentir a Dios (Hechos 5:3-4); porque dice cosas (Hechos 13:2); porque intercede por nosotros (Romanos 8:26); porque todo lo sondea y lo entiende (1 Corintios 2:10); porque clama (Gálatas 4:6); porque se le puede entristecer (Efesios 4:30).

Se dice que hay un pecado contra el Espíritu Santo (cf. Marcos 3:29) y ya sabemos que no se puede pecar contra algo que no es persona, y en sentido estricto solo se puede cometer pecado contra Dios. En el libro del Apocalipsis (cap. 2 y 3) aparece el Espíritu Santo hablando a las Iglesias; conoce, reprende, aprueba, exhorta, anima. Una fuerza ciega e impersonal no puede actuar así, tiene que ser Alguien y no algo.

“El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” (Apocalipsis 22:17)

¿Por qué es tan importante el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada creyente? Porque retira su aliento y perecemos; sopla y renueva la faz de la tierra (Salmo 104:29-30). Él fue el que en un principio se cernía sobre las aguas (Génesis 1:2) y por cuyo poder todo fue hecho. Él fue quien engendró a Cristo en el vientre de María (Lucas 1:35), quien lo ungió para dar inicio a su misión (Lucas 3:21-22), quien lo condujo al desierto para ser tentado por el Demonio (Lucas 4:1-2); es con el poder del Espíritu que Cristo sana a los enfermos y expulsa a los demonios (Hechos 10:38). Es Él finalmente el que lo resucita de entre los muertos y lo eleva al cielo donde, constituido ahora en Señor de cuanto existe, está sentado a la derecha del Padre.

Con nosotros sucede algo similar. Es Él quien viene a nosotros el día de nuestro Bautismo, por quien nacemos de nuevo del agua y del Espíritu (Juan 3:5), el que nos unge y capacita en la Confirmación, nuestro Pentecostés personal, para dar testimonio de nuestra fe (Lucas 22:32; Hechos 2:1-36), para predicar la palabra de Dios con poder (Hechos 4:33); es Él quien, como luz de los corazones, nos enseña todas las cosas (Juan 14:26); quien nos convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8).

Es Él quien hablará por nosotros cuando seamos conducidos a los tribunales (Mateo 10:19-20), es nuestro defensor Paráclito (Juan 14:16-17) y nuestro dulce huésped del alma, consolador en la angustia, descanso y refrigerio en la fatiga; el que se manifiesta en cada uno con diversos dones para la edificación del Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:4-7) y el que fortalece nuestro hombre interior por medio de sus frutos (Gálatas 5:22-23). Finalmente, quien un día dará vida a nuestros cuerpos mortales, como dice el apóstol Pablo, y nos resucitará de entre los muertos (Romanos 8:11). Sin su ayuda, nada hay en el hombre, nada que sea bueno.

“¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?” (1 Corintios 6:19)

Te invitamos a leer el libro de los Hechos de los Apóstoles (aquí), donde descubrirás al Espíritu Santo como el gran protagonista. De hecho, el Espíritu Santo es el responsable del nacimiento de la Iglesia en Pentecostés y el autor de la primera evangelización que hizo posible llevar la Buena Noticia de Jesucristo a todos los rincones de la tierra.

Ahora es el momento de unirnos para clamar juntos por un nuevo Pentecostés sobre el mundo, la Iglesia y cada uno de nosotros: ¡Ven, Espíritu Santo!

 

 

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